¿Cómo ejercer la filosofía y no morir de hambre en el intento?

Una situación que atraviesa casi cualquier estudiante de filosofía es cuando se le increpa sobre su futuro. Específicamente sobre su futuro laboral: “¿Eso para qué sirve?” “¿De qué vas a trabajar?” “¿No te vas a morir de hambre?”

A lo que un orgulloso estudiante de filosofía tal vez contestaría que eso no es relevante. Que lo importante son las ideas y la reflexión, no las cosas mundanas o materiales. Pero, a no ser que nuestro hipotético estudiante se alimente de éter o realice fotosíntesis para sobrevivir, las preguntas sobre su futuro laboral no dejan de ser preocupantes.

Al respecto, el panorama económico-laboral contemporáneo no es nada esperanzador. Las líneas terminales que ofrecen los programas académicos parecen no satisfacer las demandas de empleo de sus egresados. La tradicional opción de la docencia está ya saturada, pero no tanto por la cantidad de sus aspirantes, sino por la escaza oferta laboral. Situación que es compartida con el resto de las humanidades y que se agrava ante los precarios salarios y las casi nulas prestaciones sociales.

Ante esta situación, cabría preguntarse si la filosofía sólo puede ejercerse desde la academia institucional o si también cabe la posibilidad de hacer filosofía desde otras coordenadas. No por nada se han presentado múltiples intentos por integrar la filosofía dentro de diversos ámbitos, como los negocios o las ciencias. O, inclusive, un “hacer filosofía” que nada tendría que ver con las rigurosas investigaciones y los sesudos libros que se publican anualmente.

Más allá de los escasos y competidos puestos en los centros académicos, ¿cómo podríamos dedicarnos a la filosofía y no morir de hambre en el intento?

Si hurgamos en la historia de la filosofía, encontraremos una serie de ejemplos que lograron prescindir del ámbito académico y aun así pudieron desarrollar su actividad intelectual.

Nos aventuraremos a dividir dichos ejemplos en dos grupos. Primero se encuentran aquellos filósofos que contaron con una fortuna familiar que les facilitó su desarrollo profesional. Tal como fue el caso de Michel de Montaigne, que nació en el seno de una familia de ricos comerciantes y que accedió a la nobleza debido a la adquisición de la región de Montaigne. Así como también Arthur Schopenhauer, cuyo padre fue exitoso comerciante y su familia era una de las más acaudaladas de Danzig[1]. Asimismo, podemos mencionar a Søren Kierkegaard, que nació en el seno de una rica familia de Copenhague. Finalmente, se encuentra la figura controversial de Ludwig Wittgenstein, cuyo padre, Karl Wittgenstein, fue un gran magnate austriaco[2].

Ahora bien, a menos que usted pertenezca a una familia lo suficientemente acaudalada o posea una herencia que le permita prescindir de un trabajo por el resto de su vida, le sugerimos poner más atención al segundo grupo de filósofos.

En contraste con los ejemplos recién aludidos, los filósofos que componen el segundo grupo no contaron con una considerable fuente de ingresos, si no que tuvieron que fraguarse sus propios medios para desarrollar su pensamiento.

Tal vez el ejemplo más extremo sea el de Diógenes de Sinope, el mayor exponente del cinismo en la antigüedad clásica. Muchas son las anécdotas que giran en torno a Diógenes, pero lo que nos interesa es la congruencia entre su modo de vida y su pensamiento. El hecho de considerar a la pobreza como una virtud lo llevó a vivir como un vagabundo en las calles de Atenas. Se dice que dormía bajo los pórticos y solía andar descalzo en cualquier estación del año. Entre sus pocas pertenencias se encontraban un manto, un báculo, un zurrón y un cuenco (que más tarde desechó tras ver a un niño que bebía agua con sus manos). No por nada se ganó el apodo de Diógenes “el perro”. Se cuenta que, cuando Alejandro Magno llegó a conocerlo, Diógenes se encontraba descansado dentro de un tonel. Entusiasmado por estar frente a un hombre que muchos estimaban como sabio, Alejandro le ofreció cualquier cosa que estuviese en su poder. No obstante, Diógenes sólo le pidió que se hiciera a un lado porque le tapaba el sol. Esta anécdota no hace más que evidenciar su desprecio hacia cualquier indicio de riqueza, poder o fama.

Otro ejemplo es el de Baruch Spinoza, que nació en el seno de una modesta familia de comerciantes judíos en Ámsterdam. No obstante, debido a sus ideas filosóficas fue expulsado de la comunidad religiosa a la que pertenecía y se le impidió dedicarse a la actividad comercial de su familia. Desde entonces tuvo una vida frugal y solitaria. Para sobrevivir, Spinoza trabajó como pulidor de lentes para instrumentos ópticos. Casi al final de su vida, se le ofreció una cátedra en la Universidad de Heidelberg, pero la rechazó. Se le condicionó que, para aceptarla, debería renunciar a ejercer una crítica contra la religión públicamente establecida.

Por otra parte, una situación particular fue la que vivió Immanuel Kant en sus años de estudiante. Proveniente de una familia de humildes artesanos, Kant llevó una vida de relativa pobreza durante sus estudios universitarios. Para solventar sus gastos, fungía como tutor informal para algunos de sus compañeros (los cuales le pagaban una pequeña tarifa por su ayuda). Asimismo solía ganar dinero jugando billar y cartas. Se dice que era tan buen jugador que casi nunca regresaba a casa con las manos vacías. Inclusive hubo un punto en que ya nadie quería jugar con él por la reputación invicta que había adquirido[3].

Finalmente, un ejemplo más contemporáneo es el de Albert Camus. El escritor de origen argelino nació en una familia de campesinos pobres. Cuando Camus sólo tenía un año, su padre murió combatiendo durante la Primera Guerra Mundial, quedando al cuidado de su madre en la casa de su abuela materna. Después de graduarse en Filosofía y Letras, intentó dar clases, pero lo rechazaron debido a la avanzada tuberculosis que venía padeciendo. Por lo anterior, Camus terminó por dedicarse al periodismo en distintas publicaciones a lo largo de su vida.

Si nos limitamos a los ejemplos recién aludidos, podemos observar que ningún filósofo se ha muerto de hambre en el ejercicio de su pensamiento fuera de la academia. Dejando a un lado el caso de Kant, ya que posteriormente se dedicaría a dar clases en la Universidad de Königsberg, el resto halló alguna forma de sobrevivir pese a las circunstancias adversas que padecieron.

Pero nuestra intención no es enaltecer la precariedad, sino cuestionar una tradición imperante en Occidente. Desde los sofistas hasta nuestros días, la filosofía se ha confinado a las universidades y escuelas. Tal como advierte George Steiner, se trata de una situación que parece “normal” y que los libros de historia de la filosofía suelen obviar. A través de un sistema de evaluaciones y titulaciones, se califica a una persona para ganar una remuneración económica por su enseñanza. Sin embargo, esta situación se contrasta con los casos de pensadores inconformes que, ya sea por determinación propia o por las circunstancias, prescindieron del mundo académico y se ganaron la vida fuera de éste.

Valdría la pena preguntarse en qué medida es posible establecer un valor de cambio entre la sagacidad humana y unos honorarios. Al limitar el ejercicio de la filosofía a la docencia institucional, ¿se estaría enseñando por vocación o por obtener una remuneración económica? Si bien hay que ser justos y otorgarles su respectivo mérito a los grandes maestros de la filosofía, la realidad es que siempre han sido una rara especie en peligro de extinción. A pesar de que no todos podemos darnos el lujo de vivir como un Diógenes, ni tampoco tenemos el talento literario de un Camus, aún cabe la posibilidad de construir y buscar alternativas para el ejercicio de la filosofía.

Referencias:

Steiner, G. (2003) Lecciones de los maestros (trad., 2004). México, D. F.: FCE.

[1] A pesar de que Schopenhauer trabajó un breve tiempo como profesor universitario, la mayor parte de su actividad intelectual fue solventada gracias a la fortuna familiar.

[2] No obstante, a la muerte de su padre, Wittgenstein decidió rechazar la cuantiosa herencia que le correspondía.

[3] Después de graduarse, Kant trabajó de manera itinerante como profesor privado. Pero consiguió su primer puesto como profesor universitario hasta los 31 años (situación que le brindó estabilidad económica).

 

Anterior Siguiente