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México y viaje al país de los tarahumaras
Cómo se fue a la sierra tarahumara? Me habló de ello. Conjeturo que algo arregló o le arreglaron amigos que no puedo precisar; con alguna dependencia de la Secretaría de Educación Pública. Tal vez con las escuelas rurales. Vivió en la miseria […] No permitía que se le ayudara. Se alimentaba muy mal. Estaba deficientemente vestido. […] Se fue a la sierra tarahumara vestido de un pantalón de franela y unos zapatos que le di. Seguramente llevaba muy poco dinero. (Luis Cardoza y Aragon, Artaud en México, Plural nº 19, aprile 1973)
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El poeta y dramaturgo francés Antonin Artaud vino a México en 1936. Había militado fervientemente en las filas surrealistas y llegó a nuestro país "para buscar las bases de una cultura mágica que aún puede manar de las fuerzas del suelo indio", según sus propias palabras, y decepcionado del racionalismo europeo, era —según la emocionada descripción de Luis Cardoza y Aragón; quien lo trató en aquella época— "una antorcha viva", un visionario y un místico para quien la experiencia mexicana habría de ser decisiva.
Sus textos mexicanos conforman una porción medular de su obra, incesantemente revalorada y, también, sin cesar redescubierta por sucesivas generaciones de lectores, de uno y otro lados del Atlántico. Artaud escribió estas páginas inflamado por una pasión irreductible; su testimonio está sellado por su mirada trágica y por los relámpagos de una conciencia singularmente dotada para explicarse, y hacernos ver, el mundo en términos poéticos. Acaso la escritura de Artaud expresa el extremo más radical y puro del surrealismo; pero no sólo eso: su voz, vibrante y viviente, permanece y quedará como uno de los documentos espirituales más significativos del siglo XX.
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