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A propósito de la Literatura Moderna
Luego de una época en la que el providencialismo era no regla, sino ley, la liberación humanista hace que el hombre se preocupe por el hombre. La naturaleza, con todas sus constantes, como las estacionales o las rotativas, y sus verdades irrefutables y los frutos del método científico de aquellos que la observan, ceden el protagonismo a una idea que puede resumirse en un par de frases de Giovanni Battista Vico: “Demostramos la geometría porque la hacemos nosotros”, y “el hombre puede comprender lo que es una mente porque posee una”[1]. Así Vico declara cerrada una puerta, su pensamiento es como una placa tectónica que separa dos continentes que jamás tuvieron razón alguna para estar unidos: las ciencias naturales y las humanísticas.
¿Cuál es la razón de mencionar a Vico en esta defensa de la literatura de la Edad Moderna? Simple, porque es una época en la que la diferencia entre el filósofo, el poeta, el pensador político, el historiador, etc. distaba muchísimo de ser clara. Todos hacían de todo, con menor o mayor fortuna. “Pues en tan larga y espesa noche de tinieblas, solo una luz se vislumbra, y es que el mundo de las naciones gentiles fue ciertamente hecho por los hombres”[2], pues estas tinieblas no son otra cosa más que su forma de definir a la época anterior y desde luego la luz en su visión estaría representada por el nacimiento de una nueva disciplina, mitad filosofía, mitad historia —una especie de centauro de la ciencia, si se me permite—.
En lo que respecta a otro tema de interés de los escritores modernos, es interesante ver que en una película de fines del siglo XX[3], los personajes principales, Jaime y Paloma, responden a la pregunta “¿Qué es el amor?” del modo siguiente: “Es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente […] Es un descuido que nos da cuidado…”[4]. Es interesante, mas no extraño, porque la poesía moderna y particularmente la del llamado Siglo de Oro español, no es ejemplar solamente en esa adjetivación contradictoria, sino en la síntesis emocional que produce en el lector.
Realmente ¿qué tanto ha cambiado la humanidad a la fecha? Quizás la preocupación por el dinero ahora es mayor, quizás no, pobres han existido desde siempre y si en los tiempos de Fray Luis de León o de Boccaccio llenaban las galeras, en nuestros tiempos llenan los presidios. Los seres humanos siguen buscando esa fabulación llamada amor —en un ideal menos cortés que el invento de la Edad Media, cierto—, la religión aún llama a muchas personas a persignarse al pasar por un templo, y en el tema del gobierno ¿qué tan anacrónica o rebasada suena la siguiente idea de Montesquieu?
Sin virtud, en la democracia no hay más que un saqueo desproporcionado.
Dejando de lado el vil aprecio por la comodidad, el hombre sigue preguntándose ¿cuál es la mejor forma de gobierno? En la Edad Moderna, el francés Montesquieu escribió, en su El espíritu de las Leyes, que son tres las formas de gobierno: monárquico, republicano y despótico, mismos que con “subgéneros” quizá, persisten hasta nuestro días.
¿Qué tan originales somos si un buen número de instituciones y cargos del Medioevo siguen existiendo entre nosotros? El cabildo, las recaudaciones de rentas y los recaudadores, los secretarios de finanzas, los ministros, los fiscales.
¿Qué tan únicos somos cuando seguimos sin superar las formas de gobierno desmenuzadas por el barón de Montesquieu en el siglo XVIII?
[1] Citado por: BERLIN, Isaiah, Vico y Herder: dos estudios en la historia de las ideas, Madrid, Cátedra, 2000, pp. 46 y 52, respectivamente.
[2] VICO, Giovanni Battista, Principios de una ciencia nueva: en torno a la naturaleza común de las naciones, México, Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 58.
[3] IBÁÑEZ, Juan, Los Caifanes [videograbación], México, Estudios América y Cinematográfica Marte, 1966.
[4] QUEVEDO, Francisco de, Es hielo abrasador.