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Liberarte | Ramos Sucre y la muerte como acto de creación
“La vida es como uno la piensa, luego si uno la piensa mala se vuelve loco de desesperación”. Ramos Sucre. Carta a Lorenzo Ramos.
Este 9 de junio, se cumplieron 130 años del nacimiento de uno de los más grandes de la literatura nacional, José Antonio Ramos Sucre, poeta, ensayista, educador, y diplomático nacido en Cumaná, reconocido como un erudito y maestro de la poesía nacional, quien dejó trágicamente esta vida un día como hoy, hace 90 años.
Uno de los rasgos más destacables de Ramos Sucre, dada su evidente intelectualidad, era su carácter autodidacta. Llama la atención la capacidad de un hombre que aprendió por sí solo a evolucionar y sobrepasar a otros estudiosos que abrazaron, como él, la pasión por las letras y de situarse en la generación del 18, junto a otros miembros como Andrés Eloy Blanco, Pío Tamayo y Fernando Paz Castillo, entre muchos otros.
Su devota, la autora, gerente cultural, librera, editora y fotógrafa, Katyna Henríquez Consalvi -en su artículo Humboldt y Ramos Sucre, publicado en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica (1991)- lo describió como un hombre que “supo combinar en su escritura el más puro tratamiento de la lengua española, con un universo prolífico en imágenes y símbolos: un rescate de la memoria atemporal del mito y la leyenda, de la historia como escenario de la tragedia humana y un universo en el que transitan, impenitentes, sus fantasmas interiores”.
Toda esta erudición comenzó con su dominio de otras lenguas: primero el español, seguido del latín, francés, inglés, italiano y alemán. Más tarde, luego de su ingreso a la escuela de Derecho, en 1910, a sus 20 años, le siguieron el griego, danés y sueco, por nombrar algunos. Todos ellos le sirvieron para desempeñarse, entre otros trabajos, como traductor e intérprete de la Cancillería en aquellos años.
En palabras de Ramos Sucre, “un idioma es el universo traducido a ese idioma”, así como el universo se encontraba descrito en las obras de su autoría.
Ese ímpetu por devorar libros fue una herencia obligada: su padre Gerónimo Ramos Martínez inculcó en él un estudio profundo y severo de la literatura clásica. Más adelante esa misión la continuó su madre Rita Sucre Mora, quien no se detuvo en inclemencia y severidad en ese respecto, hecho que melló en su ya retraída y solitaria personalidad.
De José Antonio Ramos Sucre también resalta el hecho de haber sido uno de los primeros en cultivar el poema en prosa, el cual combinó con reflexiones en ensayos y narraciones. De sus textos, todos sobresalientes, están: La torre de timón, Las formas del fuego, La merced de la bruma, y El cielo de esmalte. En ellas, tanto como en el resto de su vasta creación, abordó temáticas tan diversas como la mitología, la muerte, lo fantástico, lo esotérico, la desesperación, la soledad y la historia; esta última, quizá, como parte de su herencia, por ser sobrino bisnieto del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre y, en las anteriores, muy posiblemente, influyera su lucha contra el insomnio, afección que trastocó su mente y más tarde lo llevó a una ingesta fatal de Veronal.
“El insomnio pudo haber influido en su universo poético en el que se revelan seres habitantes de mundos extraños venidos de otros tiempos. Toda su obra tiene el velo de una atmósfera onírica que solo se desvela cuando se refiere a lo cruento de sus pesares terrenales”, dijo Henríquez a ÚN.
Por otro lado, Guillermo Sucre compartió en el texto Ramos Sucre: la pasión de los orígenes, extraído de la obra José Antonio Ramos Sucre, Poética, compilada por Henríquez Consalvi, parte de una de sus últimas cartas, en las que se refleja, con estas palabras, el tormento que el excelso autor atravesaba: “solamente el miedo al suicidio me permite sufrir con toda paciencia”. A esto, Guillermo Sucre añadió: “Ramos Sucre pertenece a ese linaje de escritores para quienes el suicidio o la muerte forman parte del acto creador mismo”.
Aquel sedativo que utilizaba para luchar contra el mal que amenazaba sus facultades mentales lo había llevado a un intento de suicidio en marzo de 1930, del cual se recuperó. En ese transcurso escribió Residuo, su último poema.
Su martirio finalmente lo llevaría el 9 de junio, en su cumpleaños 40, a un segundo y definitivo intento que le quitó la vida el 13 de junio, cuatro días después de lo planeado. Para entonces vivía en Ginebra, donde se desempeñaba como diplomático.
Su impronta permanecerá en el tiempo y su obra, fuera de este mundo, sigue siendo de las primeras de la lista para ser consultadas.
Es por esto que Henríquez aconseja a las nuevas generaciones “que tengan a José Antonio Ramos Sucre a un referente mayor de nuestra poesía y más allá de la poesía universal, pues su nombre ya ha sido reconocido como uno de los grandes de la poesía Hispanoamérica. En reconocimiento ha sido publicada su obra en los más importantes sellos como Siruela de España y el Fondo de Cultura Económica de México, ambas ediciones bajo mi cargo editorial. Fue un precursor del que se pueden explorar mundos y formas inéditas”.
Corto biopic:
La vida de este poeta no podía quedar sólo en libros. Los hermanos Luis y Andrés Rodríguez le hicieron un homenaje a Ramos Sucre con el cortometraje El canto anhelante, que no es más que una versión libre de parte de su vida y obra, basada en sus versos, en poco más de 30 minutos.
Los realizadores no querían registrar una cinta biográfica sino mostrar al artista “muy atormentado”, siempre con mucho respeto. No en vano, el corto, producido por la Villa del Cine, se alzó con los premios Mejor Fotografía para Tony Valera y Mejor Dirección de Arte para Gabriela Montilla en el XIV Festival Manuel Trujillo Durán en 2018.