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Una concepción trágica de la locura
Algo no funciona, algo anda mal, atrasa las manecillas, las detiene o las adelanta. Es una confusa experiencia: quienes logran adentrarse a la terrible oscuridad (o “visible” como llamó a su depresión el escritor William Styron) saben que para ellos todo es real. A quienes nada absortos miran pasar el tiempo, les será muy difícil entender que al otro le ocurren (simplemente) cosas. El origen de un desorden mental, tiene muchas aristas. Nuestras sociedades las han transitado todas.
Nuestra cultura trata, a como dé lugar, de deshacerse de todo aquello que le estorba, por lo mismo ideó los lugares de confinamiento. El manicomio es uno de ellos: una violenta institución, tal y como la ubicó Franco Basaglia.
No es nuevo: La Nave de los Locos que describió Michel Foucault en su Historia de la locura en la época clásica (Ed. FCE), nos habla de cómo el hombre medieval mandaba a morir al mar a los enfermos incurables, a los delincuentes, a los indigentes y a los locos. De eso se valió El Renacimiento para pretextar el oscurantismo de los mil años que, históricamente (V-XV) se han marcado como el medioevo.
No cambian los recursos: de una nave de puerto en puerto, a una camisa de fuerza, a un electroshock o al uso de los fármacos. La psiquiatría y la psicología clínica reconocen estos hechos como el de “no querer saber” que hay una persona que sufre y que quizá no se da cuenta.
Un desorden mental rompe una regla.
El asunto es que a veces no se requiere de traspasar los límites que se dan entre la cotidianidad de las calles y los pasillos de un manicomio. La delgada línea entre “cordura” y “locura” sigue visible, flotando como una tela de araña.
Michel Foucault habla de una trágica conciencia, o concepción, que extiende como una alfombra la locura. El asunto es que no creo que la sensibilidad alcance a todos los hombres y mujeres de la tierra a percibir al que ha sufrido, a veces de la noche a la mañana, un cambio en la ruta y la marcha de sus propias manecillas.
Somos una maquinaria: es probable que tengamos muy próximo a quien no ve algo terrible y siente opresión en el pecho. Alguien cuyos ojos secos piden una palabra de alivio. No hay quien vuelva la mirada.