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Cronwell Jara: "Escribo con todos mis órganos" (entrevista)
El padre putativo de muchos narradores nacionales es Cronwell Jara. Porque hablar de talleres de cuento es casi un heterónimo suyo. El escriba piurano dicta talleres por todo el Perú, formalmente, desde 1983.
Y ahí, en la primera línea de la narrativa corta, predicando con el ejemplo, el autor del clásico de la narrativa peruana, Montacerdos, ha ganado casi todos los premios de narrativa corta y novela que existen en el país. Cronwell, también, ya perdió la cuenta de cuántos talleres ha dirigido.
Son miles los talleristas que han tomado apunte de sus técnicas y han pulido sus ficciones bajo el embrujo, entre ellos varios ganadores y finalistas de los Premios Copé, de Petroperú. “Yo soy tímido y los veo a los muchachos, altos, que viene y me dice, ‘yo he sido su alumno’, ‘profe, ¿no se acuerda de mí?’”. Será buen maestro, pero no es fisonomista. Ahora, el maestro, desde su hogar en el Rímac, asume un nuevo reto: dictar talleres en formato online.
-¿Se puede enseñar a escribir cuentos?
-Sí. Yo ganaba premios y Maynor Freyre (escritor y periodista) me decía, ‘ten cuidado, te van a agarrar mucha pica’. Oswaldo Reynoso decía, ‘hay estúpidos que creen que el talento se enseña’. Yo nunca he dicho eso. Escribir un cuento significa empeñarte en toda tu agudeza; sacar la chispa para la primera frase. Es todo un aprendizaje e implica todas tus facultades. Para escribir un cuento necesitas usar todas tus habilidades, tienes que ejercitarte para mejorar. Es una capacidad que uno desarrolla. A mí me gusta hacerlo y me complace.
-¿Escribir para usted es un placer o un sufrimiento, como afirman algunos autores?
-¡Es un placer, hermano! Cuando dejo la computadora para hacer otra cosa, no veo la hora para volver a escribir. No me gusta la televisión. En cambio, cuando escribo, dentro de la historia, estoy vivo con los personajes. Ahorita, estoy muy contento, porque siempre quise escribir sobre el virreinato. Estoy escribiendo una novela del siglo XIX sobre Pancho Fierro. Completo los espacios donde la biografía no puede ingresar por falta de datos, a través de las imágenes.
Como el genial acuarelista de la limeñidad del XIX, Cronwell Jara, hace varios lustros, también tomó los pinceles. Ahora piensa volver al ejercicio de la pintura. Esa cercanía con el pincel, con la paleta de colores le ha hecho mirar de otra manera este trabajo sobre Pancho Fierro (1809-1879), el artista que nació en el virreinato y vivió los primeros y caóticos años de la joven república peruana en una amurallada ciudad de Lima; el hijo de sacerdote y esclava.
-¿Cómo era la Lima donde vivió Pancho Fierro?
-Cuando escribo, veo las acequias que cruzan las calles. Alexander von Humboldt decía que Lima era muy sucia: había cuerpos de caballos pudriéndose y nadie decía mucho. Era una ciudad asquerosa, que olía a podredumbre, la ciudad no contaba con un cementerio.
El interlocutor tiende al monólogo. Y es sabroso escucharlo. También es un sobreviviente: en la era de la prepandemia, el surmenage le pasó factura, estuvo al borde la muerte, ¿acaso de puede exhalar por exceso de escritura, de ficción en arterias y venas? En el caso de Cronwell, sí. “Estuve grave. Tengo que tener cuidado. Ahora hago deporte, como bien y no quiero tomar mucho”.
-La leyenda dice que los beatniks escribían mejor en medio de los excesos, como Bukowski…
-Mi droga es la escritura misma. He dicho en mis talleres que cuando uno se compromete con el cuento, con la novela, es como con una novia: tú escritura está en plena luna de miel. Rainer Maria Rilke, en Cartas a un poeta, dice que el arte de la escritura surge desde nuestras raíces últimas, desde nuestra sexualidad. Yo suelto mi semen para que se construya ese mundo. Yo no escribo con mis pelos ni con mis tripas, escribo con todos mis órganos. ¿Ves a (Carlos) Santana cuando toca la guitarra en Woodstock? Parece que la está dando. Cuando yo era niño, eyaculaba escribiendo. Crecí pensando que era enfermedad, pero después, estudiando a Freud, te das cuenta que es natural. El que no la da, es porque no tiene profundidad.
-Entonces, usted mira la escritura desde las antípodas de Jorge Luis Borges: Vargas Llosa dice que el autor de Ficciones tenía la perfección de un círculo.
-Borges era un afeminado, puro artilugio. Reconozco la estructura de luces que tiene, pero es como robotizado, como aprendido de los libros. No como Arguedas que hablaba desde las gónadas. Un amigo, que de adolescente hizo músico con él, le preguntó cómo debe de ser un buen cuento. Arguedas le dijo que debe de oler a mierda. Debe impactarte, asquear, conmover o estremecer. Edgar Allan Poe dice lo mismo cuando habla de la construcción de “El Cuervo”: el cuento debe de crear convulsión, que vomite quien lo lee. Eso lo habla desde una perspectiva gótica, pero en el fondo tiene razón.
-Ahora, en tiempos de la pandemia del coronavirus, empieza un taller nuevo, desde la virtualidad.
-Será como hablar contigo por el celular. Yo soy medio miope y estoy acostumbrado a hablar casi entre tinieblas. No me hago bolas. En mi caso, la pandemia no me afecta. Todos los días paro encerrado. Aquí están los teléfonos de los amigos o la pantalla virtual; cuando hay necesidad, salgo al mercado, compro lo que necesito y me cocino. Vivo solo pero nunca he tenido lo que se llama estrés por soledad. Salir a la calle, para mí, es perder mi tiempo. Ahora tengo más tiempo para leer mejor el tema que voy desarrollando y siento que me sale más fluido el trabajo. Cuando dejo de escribir, me preocupo. Dicen que los imbéciles no cambian. Y soy imbécil, estoy contento viviendo con mis libros.
Datos:
-La novela sobre Pancho Fierro saldrá a librerías en noviembre.
-Con la editorial Montacerdos Oficial, publica Patio de Letras, la novela larga donde da una mirada a la Universidad de San Marcos entre las décadas de 1970 y 1990.
-Esta semana, Cronwell Jara inicia el Taller de Cuento con el Fondo de Cultura Económica. Constará de ocho sesiones. Costo: S/ 220. Mayores informes: talleres@fceperu.com.pe o al celular 991744518.