El misterio de la realidad escueta

Este ensayo tiene la singularidad de abordar la obra del poeta cubano en el terreno de sus querencias literarias, sus libros preferidos; también desde la certeza de un autor que se entiende a sí mismo “como un hombre ordinario que escribe, no como un letrado”. Lo acompañan recomendaciones de lectura del propio Eliseo Diego, más dos poemas comparados, la versión manuscrita y la impresa en su Obra poética (El Equilibrista / Fondo de Cultura Económica), una ventana que nos permite vislumbrar el proceso creativo de estos casos en rumbo a su forma definitiva.

Se cumplen cien años del nacimiento, en La Habana, del poeta Eliseo Diego y la ocasión es propicia para volver a explorar su saludable posteridad. ¿Por qué sigue tan vivo, cuando tantos de sus contemporáneos son olvidados, algunos con total injusticia, otros por el implacable envejecimiento de la literatura  del siglo XX en época tan vertiginosa como la nuestra?

No intentaré dar una explicación acabada a la vigencia de Diego como poeta y prosista. Me limitaré a explorar su idea de la literatura como razón suficiente de esa trascendencia. A diferencia de otros textos, en los que me he concentrado en la poesía y su relación con la historia, aquí me detendré en sus ensayos.1 La ensayística de Diego ofrece un repertorio de lecturas donde se traza una visión específica de la literatura.

Cintio Vitier y Fina García Marruz, los dos escritores más cercanos a Diego, fueron, además de poetas, críticos profesionales. La voluminosa ensayística de ambos hace resaltar, por contraste, la modesta extensión de la obra crítica de Diego. Pero tal vez por lo mismo, y por su larga experiencia como traductor, Diego utilizó la crítica como testimonio de una noción muy personal de la literatura. Los ensayos de Diego, menos exegéticos e interpretativos, eran, sobre todo, confesiones de querencias literarias.

LAS AFINIDADES ELECTIVAS

El ejercicio controlado de la crítica, en Diego, respondía a una percepción de sí como escritor de oficio, antes que como hombre de letras o intelectual. Esa discreción, en la víspera del triunfo de la Revolución Cubana, con un par de libros de poemas publicados —En la Calzada de Jesús del Monte (1949) y Por los extraños pueblos (1958)— y otros dos de prosas —En las oscuras manos del olvido (1942) y Divertimentos (1946)—, daba a Diego un carácter espectral en el contexto de la literatura de la isla.

En una entrevista que hiciera Luis Peraza Jr. a Severo Sarduy, en Diario de la Marina, en diciembre de 1958, el joven escritor camagüeyano aseguraba que Eliseo Diego era el “mejor poeta cubano”. A su vez, Virgilio Piñeira, de acuerdo con Sarduy, era la “figura más completa” de la literatura cubana, pero Diego, el mejor poeta. El periodista le pregunta entonces si “Diego es su amigo”, a lo que responde Sarduy: “Jamás lo he visto. He llegado a pensar que es una ficción”.2

Un buen punto de partida para reconstruir los afectos literarios de Diego es la conferencia “Esta tarde nos hemos reunido”, pronunciada en el Lyceum de La Habana en 1958, y publicada al año siguiente en la Nueva Revista Cubana. Ahí arrancaba reiterando su certidumbre de no ser un hombre de letras, como Swinburne o Johnson, Francisco de Quevedo o Juan Ramón Jiménez.3 Prefería asumirse a sí mismo como un hombre ordinario que escribe, no como un letrado, y sus modelos eran entonces Hans Christian Andersen, Francois Villon y el Infante don Juan Manuel.

Es entonces que encontramos una de las más claras formulaciones de lo que Diego entendía por un escritor y una obra literaria. A diferencia del letrado, que opera con abstracciones, el hombre normal que se dedica a la escritura tiene que ser capaz de ver la “realidad escueta”.4 Aunque fue un gran admirador de autores de muy diversas nacionalidades, como el austriaco Franz Werfel, a quien decía “querer como a un amigo”, del húngaro Sándor Petöfi, a quien tradujo, o de los mexicanos Efraín Huerta y Carlos Pellicer, a quienes llamaba “hermanos”, Diego distinguía, en los “infatigables anglosajones”, aquella capacidad de mirar de frente la “realidad escueta”.

Curiosamente, en esa conferencia de 1958, además de británicos y estadunidenses a los que atribuía la mirada de lo pequeño, como Robert Louis Stevenson, Archibald MacLeish o G. K. Chesterton, fijaba la atención en la novela El gran Meaulnes (1913), de Alain-Fournier. Aseguraba que el “secreto” de aquella ficción, escrita poco antes de la muerte de su autor en la batalla de Verdún, no residía en la “fiesta, los niños, el piano, las risas o el sordo rumor inalterable del invierno”, sino en los “lugares, las estancias, los sitios donde se está”.5

A José Lezama Lima, quien asoció los Divertimentos (1946) de Diego con El gran Meaulnes, lo que atraía de esta novela era, justamente, “el baile sorprendido”, su “fauna bruñida por el rocío”, en referencia a los tipos sociales que aparecían en la ficción de Fournier.6 Lezama incluyó esta novela, junto con Al revés (1884) de Joris-Karl Huysmans, dentro de su famoso “Curso Délfico”, un ejercicio de pedagogía literaria que el autor de Paradiso emprendió desde su casa en los años setenta. Pero a Diego, más que la fiesta, la aventura o los arquetipos, lo que interesaba de El gran Meaulnes era la poética del espacio: el bosque, la finca, el jardín, el pozo, el salón, la escalera, la lámpara colgante:

No pueden ser más secas estas descripciones de lugares, hechas como de soslayo. Y sin embargo, cuando terminamos la novela nos queda como única impresión una avasalladora nostalgia de estos sitios. Comprendemos entonces que toda la aventura no ha sido más que una deslumbrante iluminación de sus espacios.7

En la poesía de Eliseo hubo siempre una fijación con los objetos y los espacios. Allí están sus calles y casas, sus vasijas y espejos, sus peces y gatos, sus barajas y grabados. Pero sería equivocado circunscribir los misterios de esa “realidad escueta” a lo físico. Una de las grandes obsesiones que recorre la obra de Eliseo Diego es el tiempo, que lo mismo adopta la forma de un lunes o un jueves, que de una eternidad. Al tiempo o, más bien, a los cambiantes rostros de las horas, dedicó el poeta algunas de sus mejores composiciones.

Sus lecturas de ficciones anglófonas, entre ellas Orlando: Una biografía (1928) de Virginia Woolf y Absalom, Absalom! (1936) de William Faulkner, dan cuenta de esa otra dimensión del misterio. En ambas novelas, Diego encontraba una sedimentación histórica del tiempo, que hacía del presente —de cada presente— la cifra de un pasado interminable. Orlando era un personaje que atravesaba cuatro siglos de la historia británica, entre el periodo isabelino y el victoriano, y los Sutpen, en la novela de Faulkner, condensaban una experiencia secular de esclavitud y pobreza en aquel microcosmos del Mississippi que era el condado imaginario de Yoknapatawpha.

La lectura de Faulkner permite matizar una corriente crítica que ha ubicado a Diego, como a la mayor parte de la literatura producida por el grupo Orígenes, en Cuba, dentro de una tradición hispanocatólica poco sensible a los problemas de la desigualdad y el racismo en el Caribe.8 Aunque fue un escritor muy alejado de cualquier modalidad de literatura comprometida, Eliseo Diego asoció la fuerza narrativa de Faulkner a su capacidad de representación del drama social del Sur de Estados Unidos después de la Guerra de Secesión. Las aristocracias venidas a menos, los granjeros blancos pobres y las masas de negros que salían de la esclavitud, para ser avasallados bajo las leyes Jim Crow, eran presencias y, a la vez, ausencias decisivas en El sonido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930) y Luz de agosto (1932). Dice el escritor cubano:

La raza negra, vemos, ha resistido como el hueso de una fruta que fuese brutalmente macerada; y de ese hueso o semilla vuelven a brotar las floraciones inocentes. Por larga tradición, la enfermedad, o la locura, y el pecado, [sic] forman una pareja cuyos opuestos son la salud y la inocencia. En el mito de William Faulkner los negros ocupan el vórtice de luz tranquila en torno al cual gira el torturado torbellino de los malditos.9

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