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Ese maldito Cioran
Debe haber sido él, ese maldito Cioran, quien dio el volantazo en la vida de Margarita. Un reacomodo súbito, violento, inesperado, en la existencia de la joven de veintipocos que para entonces era Margarita. Muy delgada y alta, cabello negro y corto, algo enmarañado, y un hablar con esa especie de frenillo que a ratos la perfilaba muy afrancesada. Siempre acompañada de esos otros de la misma edad, diferentes perfiles, quienes formábamos el pequeño grupo de alumnos de Subirats, maestro de algo a mediados de una carrera en la facultad por ahí del ochenta y uno.
Fue Cioran, o Savater, o el mismo Subirats…, murmura una voz desde los rincones de la memoria, tratando esconderse sin lograrlo, en algún resquicio de la pantalla en blanco, el teclado, el duermevela de ahora, tantos años después, quizá desde esa misma noche en la que Margarita, literal, literariamente, desapareció del mapa. Ella, los mejores reportes de lectura, las más lúcidas exposiciones, los más completos ensayos. Nunca la volvimos a ver, ninguno, y todas las promesas, esperanzas en común, se destiñeron en el tiempo. Tomando los rumbos que cada quien logró encontrarle, moviendo el volante a uno y otro lado, evitando con más o menos suerte no dejarlo inmóvil y terminar estrellándonos ante el semáforo apagado.
Pacheca a cuanto más, Margarita, adoptó siempre un talante más ecologista, diríase hoy, de manera políticamente correcta, en cualquiera de los frentes. Durante sus intervenciones en el salón de clases o las discusiones en las asambleas, a la hora de concluir la semana y en las noches, casi siempre de jueves, en las que recapitulábamos los haberes de una instrucción universitaria puesta a la ciencia política, pero que tenía en la filosofía niveles mayores de empatía. Preñados todos con simientes de entusiasmo, prolegómenos de un imaginado encuentro con el conocimiento.
Ya dentro de la filosofía, una actitud más inconforme y respondona que encontraba en las veladas, siempre ese día, jueves, un territorio ideal para su recreación. Caguamas, churros, discusiones interminables y la incorporación de temas y autores no del todo inscritos en el programa formal. Cioran en primer sitio, sugerido como lectura en clase de filosofía política, pero que la trascendía hasta presentársenos en el mismo centro de la fiesta. Un Cioran casi personalizado que se quedó con cada uno de nosotros, la primera Margarita, en una edición de Turner, pero que curiosamente no pertenecía estrictamente a él, filósofo rumano, sino al español Savater, introductor de excelsitud de la obra de pensadores todavía desconocidos, primeros años ochenta, entre los lectores hispanoamericanos.
Era un libro caro, recuerdo. Todos habíamos ido a conseguirlo a la Gandhi de Chimalistac, semanas antes. Para esos años, la editorial Turner imprimía su influencia entre los lectores universitarios de nuestro país, como antes lo había hecho el Fondo de Cultura Económica con los de la península, agobiados por la dictadura franquista. Ensayo sobre Cioran, el título, una portada en blanco con la tipografía en verde claro al igual que sus márgenes, y con un sumario como única oferta de atracción: “La lucidez es la revelación esencial inanimada del ser, del vacío de las explicaciones y los prestigios de la realidad —reproducía—. El lúcido será incapaz de las tareas intelectuales permitidas: la pedagogía, la edificación, el programa, cualquier tipo de fe… Alejado de la complicidad con los engaños que facilitan la vida, su única tarea será un desengaño que en el último término la imposibilita”.
Osado resumen que funcionó como el punto de partida para las interminables discusiones en clase y fuera de ella. Una constante asimilación de contenidos y perspectivas, desde lo filosófico-político, ese era el crédito a aprobar, y un también invariable emparentamiento con otros autores y otras tesis. Nietzsche, y tras de éste, un largo etcétera donde cada quien ponía su tótem. Sartre, Bataille, toda la Escuela de Frankfurt, Kafka, Musil, Levi, Kundera… Yo coloqué a Revueltas y su dialéctica de la conciencia, una reunión de textos que desde París reunían para su edición Andrea Revueltas y Philippe Cheron, quienes después, ya en forma libro, los prologará Henri Lefebvre.
(Poco antes, en la preparación de las OBRAS COMPLETAS de su padre, Andrea había rescatado este poema de Revueltas: DE LA MUERTE, NO./ SÁLVENME DE LA VIDA/ SÁLVENME DE MIS OJOS/ YA INVADIDOS DE GUSANOS,/ DE LA HERRUMBRE DE MIS HUESOS/ Y DEL ALMA. ATRÁS DOCTORES, HECHICEROS, SACERDOTES,/ ORADORES, IDEOLOGÍAS EN ACECHO:/ DE MORIR, NO./ SÁLVENME DE LA VIDA ETERNA,/ DE LAS COSAS QUE TOCO Y MIRO,/ SÁLVENME DEL AMOR Y DE MIS/ PADRES MUERTOS,/ SÁLVENME DE ESTE NO SER/ EN PERPETUA AGONÍA.)
Quién va llevar a Margarita…, preguntó alguien a mi izquierda, los excesos a tope. Quién me va llevar a mí…, me entrometí. Y a mí…, escuché de uno más. El silencio venció a la risa. Margarita medio despertó y dijo yo me llevo sola, interrumpiendo el pedazo de canción que repetía hace horas: …and I’m floating a most peculiar way (de Bowie, sí, que raramente apenas reencontré en Desierto sonoro, la nueva novela de Valeria Luiselli). La madrugada a punto de terminar. Mucha cerveza, mucha mota y esos ejemplares del Ensayo… todos subrayados en palabras como esteticismo, nihilismo y nostalgia de una vida fuerte. “La nada, el éxtasis, el dolor de existir, el tormento religioso o la insuperable melancolía de un yo que se sabe irremediablemente escindido de la totalidad…”. Llevábamos los fragmentos en la sangre, me atrevo a parodiar desde este ahora, siempre presente aquel entonces, frente de mí no un título, aquel ya viejo y amarillento Ensayo…, sino casi la totalidad de los libros de Cioran —la aparente sencillez, aforística, con la que logran seducir y conmover al lector— y que cuarenta años después se pueden adquirir en cualquier librería.
Cioran, toda su obra, dice otra voz desde el salón de las presencias, se apuntaló entre nosotros a niveles de referente. De ahí la entrevista que le hiciera aquella percibida reportera, en París, poco antes de su muerte en el año noventa y cinco. Ring, apretó el botón la periodista y el rumano: ah, sí, viene usted de México a entrevistarme, pase, por favor, dígame, la atiendo. No sé si contradiciéndose, ante la incredulidad de quien pasara por ahí, por aquello de “por más pretensiones que tuviéramos, en el fondo, únicamente podemos pedir a la vida que nos permita estar solos. Así le damos la oportunidad de ser generosa e incluso pródiga”.
Nadie volvió a saber de Margarita, el fin de curso muy cerca. Ni uno ni otro día después de ese cioranesco convite, como hubo tantos, ni en uno ni en otros años más, ya tantos, tantísimos. ¿Qué será de Margarita? “Las mujeres desengañadas que se retraen del mundo —leo ahora en EL OCASO DEL PENSAMIENTO, un libro en español editado por Tusquets y traducido por Joaquín Garrigós de AMURGUL GÄNDURILOR (1940)— adoptan la inmovilidad de una luz solidificada”.