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"La esencia de lo criminal aparece cíclicamente": Paco Ignacio Taibo II
Hoy el tema es la literatura. La gestión de Paco Ignacio Taibo II (1949) al frente del Fondo de Cultura Económica será asunto de otra plática. Ahora es momento de hablar de Héctor Belascoarán Shayne, este detective fundamental dentro de la tradición de la novela policiaca en español.
A costa de editorial Planeta, la saga vuelve a circular. ‘¿Cuál fue tu primer Belascoarán?’, dispara Taibo II convencido de que varios de sus cientos de lectores se deben a títulos como Días de combate o Cosa fácil. Después llegaron sus biografías sobre el Che Guevara y Pancho Villa y su público creció.
Esta mañana Taibo luce diferente, es la primera vez que se deja la barba. “No me sale bien, pero ahora no me la he podido quitar”, dice un autor reconoce sin titubeos que no puede entender la literatura sin una dimensión social.
¿Héctor Belascoarán es como la voz de tu conciencia?
Nunca se ha ido. Siempre me encuentro a lectores sesentones, cuarentones y jóvenes que me hablan de los libros. Hay una fidelidad que se ha mantenido a lo largo de los años. Supongo que su vigencia se debe a los temas y la forma en que se trataban: una mirada agresiva y un humor muy negro. La serie estaba vinculada a momentos de censura, represión y conflicto. Cuando se llevó al cine Cosa fácil, la Secretaría de Gobernación nos prohibió terminar la película con un Zapata de cien años cabalgando por Periférico. En Televisa estaba prohibido nombrarme. Luego la vida dio vueltas y Televicine compró los derechos para adaptar algunas de mis novelas. Acepté siempre que no hubiera censura. Por supuesto, el contrato se rompió.
¿Pedro Armendáriz y Sergio Goyri fueron buenos Belascoarán?
Sergio no. Nunca me convenció. Pedro sí (Días de combate y Cosa fácil), y lo hizo maravillosamente en las dos primeras películas y también en la radionovela que hizo con Ofelia Medina y Claudio Brook.
Varios de los temas que tocaste en esas novelas se mantienen. ¿No hemos cambiado mucho como país?
La esencia de lo criminal está oculta en la sociedad y aparece cíclicamente. Quizá ha cambiado en tanto que los maestros en Oaxaca ya no son reprimidos. Quizá una investigación sobre los Halcones ya no será encubierta. Pero los temas siguen debido a la corrupción que arrastramos desde hace años. Me gustaría hacer una novela de Belascoarán investigando el crimen de guante blanco, aquel donde no hay sangre, pero sí, miles de víctimas. Es una novela que me gustaría leer y no se está escribiendo. Me falta habilitad técnica para ese tipo de historias. No veo a Belascoarán leyendo libros de contabilidad como Santiago Nieto.
Escritores como Michael Connelly o Don Winslow han llevado sus historias del policiaco al narcotráfico. ¿Ves a Belascoarán en ese terreno?
Me falta un dominio del lenguaje. García Márquez decía que uno escribe con sus defectos convertidos en virtudes. Mis fortalezas tienen que ver con las anécdotas extrañas o sorprendentes y con los diálogos. No tengo problema en captar el lenguaje del plomero o el de la clase media, pero el del machismo y el poder narco se me escapa. Uno trabaja con sus virtudes no con sus defectos.
¿Tendrá que ver con una cuestión de época? Belascoarán se debe a la generación del 68.
Sí y no. Sigo viviendo con el espíritu del 68 encarnado a la mala. Mis indignaciones de los últimos meses tienen que ver con el mal estado del sistema de salud que nos dejaron los gobiernos priístas y panistas. Negocios turbios en las compras de medicinas. Hospitales sin camas ni departamentos de radiología. Quizá algún día me animé a escribir sobre esto, pero requiero de una investigación que ahora no se puede hacer por la pandemia. Yo necesito calle para hacer literatura.
Y perspectiva.
Sí, la distancia es útil cuando escribes literatura. Por eso últimamente me he dedicado a escribir pequeños ensayos históricos. Ahí está la distancia.
¿Ahora que eres funcionario extrañas escribir?
Sigo escribiendo. Nunca abandoné los hábitos nocturnos. La noche es mi territorio, ahora duermo menos. Ni modo, es parte del castigo. Además, soy un funcionario que se mueve en un campo de mucha vitalidad. Parte de mis labores consisten en leer todo el tiempo y en organizar campañas de fomento a la lectura que llegan a comunidades marginadas. Mi trabajo en el Fondo de Cultura Económica implica una gran riqueza creativa. Me coloca en el mundo de lo leído y eso produce una reflexión sobre mi propia escritura.
¿A qué atribuyes el buen momento de la novela policiaca?
Durante muchos años la presión de las grandes editoriales españolas imponía las modas. En lugares donde la producción editorial no depende tanto de las modas como Francia, la calidad de la novela negra siempre se ha mantenido. En América Latina somos unos treinta o cuarenta representantes del género que tenemos buena relación con nuestros lectores.
Al margen de nombres como el tuyo, el de Rafael Bernal o Élmer Mendoza, ¿podemos hablar de una tradición de novela policiaca en México?
Sí. Me gustan las novelas de “Bef” e Imanol Caneyada, la última –49 cruces- es sensacional. Oro sucio, de Jorge Moch me parece un trabajo estilístico sólido. Nadie puede decir aquella pendejada de finales de los sesenta, cuando la calificaban como un subgénero. Hay buenos y malos libros, como en todo.
En su momento Carlos Fuentes con La cabeza de la hidra, coqueteó con la novela policiaca pero no le fue bien. ¿Qué tipo de recursos requiere el género?
La autocrítica que hizo Fuentes era muy buena, dijo: ‘yo creí que era un divertimento y no’. Una novela policiaca necesita de buenas anécdotas; buenos personajes primarios y secundarios; de una solidez en términos de qué pasó, pero sobre todo requiere de una enorme estructura arquitectónica. Implica mucha investigación y precisión. Mis novelas las escribo del principio hacia el fin sin saber a dónde van a llegar. Después voy del final al principio y hago ajustes. Al final hago una última relectura para afinar detalles. Las novelas policiacas que me gustan son aquellas que tienen una reflexión social. No me es suficiente con el gancho anecdótico y criminal. No me es suficiente saber quién lo hizo, necesito saber el por qué y el dónde. Por eso no me gusta Agatha Christie.
Una buena novela policiaca también debe tener cierta neutralidad, ¿no?
Eso se consigue a partir de la solidez del argumento y el punto de vista. Recuerdo la mejor novela de Juan Hernández Luna, Yodo, producía una gran empatía con un asesino serial subnormal poblano cuyo mayor entretenimiento era calcular cuantos camiones de arena pasaban por su casa. En otras de sus novelas hay una clara preocupación por problemas morales. Es una mezcla de todo. Hay un barroco anecdótico que me gusta mucho pese a que no lo practiqué demasiado en la serie de Belascoarán, aunque sí en Sombra de la sombra o Retornamos como sobras.
¿La novela policiaca debe tener una vocación reivindicativa?
La buena novela policía sí, es rompedora de entuertos, como diría el Quijote.
Pero sin caer en el panfleto.
Una cosa es escribir volantes y otra hacer literatura. La novela policiaca explora la parte oculta e intenta ver aquello que el periodismo no. A partir de elementos especulativos escarba. En una sociedad donde se levantaba la alfombra para esconder la basura, la novela policiaca sí es reivindicativa.
¿Serías buen amigo de Héctor Belascoarán?
Sí, de hecho, somos vecinos y nos cruzamos en las cosas que tenemos en común. Nos encontramos en la zona de carnes frías del super con mirada amorosa hacia los chorizos españoles, la butifarra, los jamones serranos. Nos encontramos afuera de las agencias de viajes viendo las ofertas que nunca vamos aprovechar. Y en las librerías de viejo de Álvaro Obregón. Si seríamos cuates, de hecho, aparezco en una de sus novelas como en uno de sus personajes.