Carlo Ginzburg: "El hilo y las huellas"

Escribió Hobsbawm en Años interesantes que hubo dos grandes rupturas en la historiografía durante el siglo XX: entre 1890 y 1970, los ‘modernizadores’ o ‘historiadores sociales’ rasgaron la hegemonía de la historia tradicional —aquella que narra el pasado en favor de los poderosos—; luego, durante la década de 1970, la historiografía da un brusco viraje y se ocupa, sobre todo, de la cultura y la estructura, de la descripción y las sensaciones: de lo pequeño, ínfimo y microscópico. Paralelamente, el posmodernismo insistía en el carácter contingente, limitado y ficticio de los ‘relatos’ históricos.

Este debate no es nuevo. Heródoto aclaraba en Los nueve libros de la historia: "Por mi parte, debo contar todo lo que se cuenta, pero de ninguna manera debo creérmelo todo". Toynbee insistía en que "la línea de demarcación entre lo real y lo imaginario" se desdibuja en ‘expresiones’ como la historia, la novela y la mitología. Empero, ha sido hasta la segunda mitad del siglo XX que se han estudiado sistemáticamente los vínculos entre la historia y la ficción sin temor a disolver la historiografía en una serie de relatos inverificables e incontrastables.

La microhistoria ha avanzado hacia una comprensión de la historiografía como una disciplina cambiante, en construcción constante, que reconoce el peso de la ficción, el recuerdo y la memoria en la aproximación a los hechos. En este camino, no solo se ha encontrado con técnicas propias de la narrativa, como el punto de vista; además, ha planteado que "la realidad es fundamentalmente discontinua y heterogénea". Esto significa, por un lado, que existen los hechos y que podemos conocer la realidad, la vida, los hombres y las sociedades a partir de lo pequeño, lo fortuito y lo particular; por otro lado, implica que el historiador se sirve tanto de las pruebas, como de la ficción, para "desenredar el entramado de lo verdadero, lo falso y lo ficticio que es la urdimbre de nuestro estar en el mundo".

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