Buscando a Gui Rosey

El cuento de Roberto Bolaño (1953-2003) que más me gusta se llama “Últimos atardeceres en la tierra”; y está publicado en el libro Putas asesinas (Alfaguara, 2001). Me gusta porque es autobiográfico y relata un episodio en la vida de “B” junto a su padre, a partir de un viaje que hacen juntos desde México a Acapulco. Dentro de esa historia, Bolaño introduce la historia de un poeta menor, llamado Gui Rosey y surgido de la lectura de la Antología de la poesía Surrealista del argentino Aldo Pellegrini (1903-1973).

En el cuento, la antología de Pellegrini funciona como un amuleto del protagonista, que le permite matar el tiempo y perderse en el sueño surrealista. A medida que la historia avanza, Gui Rosey surge como el misterio de un poeta que ha dejado pocas pistas, apenas tres o cuatro libros y una escritura bastante oscura o con sabor maldito. El enigma planteado parece fascinante, un problema para detectives salvajes.

Todo lo que se sabe de Gui Rosey lo apuntará Pellegrini en una breve nota biográfica que Bolaño transcribe en el cuento: “Nació en París el 27 de agosto de 1896. Colaboró con los surrealistas desde 1932. Fue visto por última vez en Marsella en 1941, entre los surrealistas refugiados que esperaban partir de Francia. Desde entonces no se tuvo más noticias de él…”. También se mencionan los libros publicados: “La Guerre de 34 ans” (La guerra de 34 años); “Les moyens d´existence” (Medios de existencia), “André Bretón. Poéme Épique” (poema dedicado al padre del surrealismo que lleva por título su nombre).

La desaparición de Gui Rosey en Marsella, antes de subir al barco, es el momento a partir del cual nace el misterio como desaparición. Escribe Bolaño: “Un día un grupo de surrealistas llegan al sur de Francia. Intentan obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El norte y el oeste están ocupados por los alemanes. El sur está bajo la égida de Pétain. El consulado norteamericano dilata la decisión día tras día. En el grupo de surrealistas está Bretón, está Tristán Tzara, está Péret, pero también hay otros que son menos importantes. A este grupo pertenece Gui Rosey. Su foto es la foto de un poeta menor, piensa B. Es feo, es atildado, parece un oscuro funcionario de ministerio o un empleado de banca. Hasta aquí, pese a las disonancias, todo normal, piensa B. El grupo de surrealistas se reúne cada tarde en un café cerca del puerto. Hacen planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un día, sin embargo (un atardecer, intuye B), Rosey desaparece. Al principio, nadie lo echa en falta. Es un poeta menor y los poetas menores pasan desapercibidos. Al cabo de los días, no obstante, comienzan a buscarlo. En la pensión en donde vive no saben nada de él, sus maletas, sus libros, están allí, nadie los ha tocado, por lo que resulta impensable que Rosey se haya marchado sin pagar, una práctica común, por otra parte, en ciertas pensiones de la Costa Azul. Sus amigos lo buscan. Recorren hospitales y retenes de la gendarmería. Nadie sabe nada de él. Una mañana llegan los visados y la mayoría de ellos coge un barco y sale para los Estados Unidos. Los que se quedan, aquellos que nunca van a tener visado, pronto olvidan a Rosey, olvidan su desaparición, ocupados en ponerse a salvo a sí mismos en unos años en los que las desapariciones masivas y los crímenes masivos son una constante".

Bolaño volverá a introducir esta mención a Gui Rosey en un poema publicado en La Universidad Desconocida (Alfaguara, 2007, Pág. 373), titulado “La Gran Fosa”, donde recordará el mismo episodio de Marsella, pero en un contexto propiciatorio de lo que será el concepto de fosa metafísica o mal absoluto, tal como lo desarrollará más tarde en la novela 2666.

Hasta aquí la desaparición del poeta imaginada por Roberto Bolaño, a partir de la constancia dejada por Aldo Pellegrini, en la página 228 de la mentada Antología publicada en Buenos Aires en 1961, por Compañía Federal Fabril editora (en México en 1981, por editorial Coma). La cuestión -hasta ahora- es qué ocurrió verdaderamente con el poeta Gui Rosey.

Ese final tiene sabor a conocido y nos recuerda demasiado al intento de huida de Walter Benjamin por la frontera entre Francia y España, que culminó con su suicidio en Port Bou. Aunque nadie parece haber puesto en duda la versión de Pellegrini reproducida –más tarde– por Bolaño. Al menos no sabemos si ambos supieron o tuvieron noticia de que, poco después, Gui Rosey terminó dando señales de vida.

Efectivamente, al parecer, volvió a París luego de la guerra y reconstruyó su vida apartado de los círculos surrealistas que frecuentaba. Si uno busca en internet aparecen de inmediato Bolaño y Pellegrini, por lo que es difícil encontrar más datos precisos sobre su vida luego de la guerra.

Sin embargo, en internet figuran dos publicaciones posteriores a 1941. El libro “12 poemas”, publicado en 1967 con ilustración del pintor chileno Roberto Matta (1911-2002). También “Faits divers faits éternels” (que puede traducirse como “varios hechos, hechos eternos”), con ilustraciones del pintor y cineasta alemán Hans Richter (1888-1976) y publicado en 1972. Es decir, estos libros darían cuenta de que Gui Rosey continuó escribiendo y publicando luego de ser considerado desaparecido en 1941­.

Bolaño en el cuento refiere a una foto de Gui Rosey que figuraría en la antología de Pellegrini. Claramente se la imaginó, porque yo nunca la encontré en la edición que tengo en mi biblioteca. Tampoco di con fotos del poeta en ninguna parte. Solo hallé una ilustración que hizo Man Ray en 1965, en la que un montón de manos envuelven un rostro-máscara con los ojos ahuecados y cuyo título es “Gui Rosey- Électro-magie".

En algunos sitios encontré que Gui Rosey murió en 1981 (así en la página de autores de la Enciclopedia de la literatura en México y en las secciones de ventas por catalogo de sus manuscritos surrealistas de 1920). Sin embargo, di con un dato que me estremeció, publicado en la Revista Primera Plana (Bs. As. Año VII. N° 313, 24/10 de diciembre 1968, pág. 96), en donde se menciona que Gui Rosey no existió, sino que se trataría de un seudónimo utilizado por el rumano-francés Samy Rosentock, el que alternaría con el de Tristán Tzara, nacido (oh, casualidad) el mismo año que Gui Rosey, esto es 1896.

Es decir, en función de este descubrimiento, en 1941 Gui Rosey nunca desapareció; sino que subió al barco que lo llevó a Estados Unidos junto a André Bretón y compañía; y quien se perdió en la noche de Marsella fue su personaje ficticio Gui Rosey, que en un típico juego surrealista, nunca fue hallado porque se trataba del disfraz de mismísimo padre del Dadaísmo, o bien de Samy Rosentock (o Rosestein), su nombre verdadero.

La Historia del Surrealismo de Maurice Nadeu y la extensa biografía de Bretón, de Mark Polizzoti (Revolución de la mente, FCE, 2009), refieren a los viajeros que se alistaron para el 20 de abril de 1941, de Marsella a Martinica, en el transatlántico “Capitaine Paul Lemerl” que los llevaría mas tarde a América. Allí estaban André Breton, Víctor Serge, Claude Lévy-Strauss, Anna Seghers, Wilfredo Lam, Alfred Kantorowicz; Braque, Nusch, Paul Éluard y Tristán Tzara. Ninguna mención sobre el personaje Gui Rosey.

La ausencia de fotos, biografía y demás datos, nos lleva a pensar en la máscara de Gui Rosey que dibujó Man Ray era el personaje de “otro” que la utilizaba. El enigma del poeta desparecido que señalan Pellegrini y Bolaño se resuelve en el seudónimo utilizado por alguno de los surrealistas. La hipótesis que supone que la máscara Gui Rosey la utilizaba Tristán Tzara es plausible; pero el padre del Dadaísmo murió en 1963 y, como vimos, existen publicaciones posteriores a esa fecha firmada por Gui Rosey.

De modo que Gui Rosey sigue siendo un misterio. Un misterio de la poesía surrealista. Un acertijo para detectives salvajes.

 

Dejo aquí uno de sus poemas:

 

Cuando hablo a las divinidades

Cuando hablo a las divinidades anónimas que parasitan la tierra

oh rueda dentada de la sombra en el estuche de la noche

te llamo por todos los nombres del mundo

granjero de la naturaleza que escudriña el cielo sobre las tumbas

 

Señales de espanto

es acaso la estación donde se detienen las apariciones de la vida

el embriagado con la propia voz ya no encuentra las palabras

de amor

ahora que el frío obliga al misterio a bajar

los cursos del agua

 

Nieves memorables precediendo la caída de alfileres con cabeza

de ángel

qué confusión de influencias astrales por encima de los osarios

uno de cada dos muros me defiende de las quimeras

 

El bello crimen pasional cuando las manos del leño se apoderan del fuego

Anterior Siguiente