Libros y revistas después de la pandemia

Durante los últimos diez años, gracias a la generosidad de El Siglo de Durango, la página semanal de Letras Durangueñas ha tenido al libro –contenidos, autores, resonancias y permanencias, títulos de ayer y de hoy, de aquí y de más allá- como uno de sus objetivos más importantes, a la manera de revisión de nuestra herencia cultural a la vez que muestra de la actual creatividad literaria e investigación histórica. Los amables lectores sabrán hasta qué punto se han logrado tales propósitos. Ahora, tras la reciente desaparición de Sanborns, y con ello la pérdida para nosotros de su excelente librería, sumada al cierre asimismo reciente de El Palacio de la Revista, establecimiento ya emblemático del centro de la ciudad, nos debe llevar a repensar el porvenir de sus consecuencias inmediatas.

Se dirá, en principio, que dichos efectos los sufrirá solamente una minoría de la población, porque ¿las nuevas generaciones leen en estos tiempos de internet periódicos y revistas de papel?, ya que al parecer los libros se van defendiendo mejor de las posibilidades que ofrecen los sorprendentes avances electrónicos. Eso señalan los especialistas, que a mediano plazo todavía convivirán las dos formas: el tradicional y el digital. Si los periódicos y revistas ya ven su salvación en la consulta por computadora o celular ¿cuánto resistirán los libros de papel sin mudarse definitivamente a las pantallas modernas? No lo sabemos. Hace dos o tres años vi en la Feria Internacional de Libro de Guadalajara largas filas de jóvenes a la espera de que su escritor favorito les firmara sus libros. Qué alivio, me dijo, aunque confieso que me voy acomodando bien en los dos tipos de formatos: la oportunidad extraordinaria de tener al alcance un cuento o poema inencontrable en otra parte, la nota científica fresca (como el seguimiento a detalle del Perseverance en su viaje a marte, por ejemplo) y el placer de leer a la vieja usanza –qué duro se oye- una novela de muchas páginas, lápiz en mano para los subrayados, para no hablar de los clásicos, que siempre nos están esperando.

Por los pronto, los buenos lectores duranguenses, que los hay, si bien no tantos como se quisiera en una sociedad verdaderamente desarrollada, tendrán que buscar otras opciones, una vez que ya no cuentan con la esquina de 20 de Noviembre y Juárez, por ambas aceras. Desde hace tiempo tienen a su disposición las Librerías La Enseñanza –siempre la primera, por legendaria- Vargas, Ochoa, Ciencia y Cultura, José Revueltas, del Fondo de Cultura Económica o la de EDUCAL, entre otras religiosas, técnicas, etc. No contamos, no obstante, con las que quisiéramos tener ¿cuándo se abrirá por fin una Gandhi en Durango, que para todos los gustos e intereses debe haber? Esperemos entonces que el cierre de Sanborns haga más próxima su llegada, si es que en contraparte no decaen de plano los ánimos de los emprendedores del proyecto. Por lugar no habrá problema: un gran número de locales en las calles céntricas han quedado disponibles, luego de la trágica pandemia…que no acaba de concluir su estela de muerte y sufrimiento. Así, los auténticos amigos de la lectura no se verán totalmente desprotegidos en las librerías de Durango, y de paso contribuirán a que no desaparezcan estos comercios de consumo cultural. Por cierto: aquí contamos con un buen establecimiento de libros de viejo: Alfarabía, en la calle Negrete a unos pasos de Zaragoza. No quisiera olvidar tampoco a las esforzadas empresas editoriales de nuestra capital –ni a los modestos y meritorios tianguistas de libros usados-, que arriesgan su patrimonio en un área de negocios tan difícil, en el contexto de un país que no tiene bien cimentada la cultura del libro como agente de continua formación educativa.

Para los fieles de periódicos y revistas hay alternativas enlos establecimientos que siguen activos: frente al mercado Gómez Palacio, dentro de la Plaza Nueva Vizcaya, cerca de lo que fue el cine Alameda, a un costado de la Plazuela Baca Ortiz, y una no tan larga lista. Y ahí están los Oxxos y los pequeños estantes de algunos centros comerciales. No es lo mismo, claro. Pero algo es algo, que más se perdió en la guerra, según dicen. Otra más: en no pocas plazas de algunas ciudades como León, Guanajuato, Oaxaca, Puebla, o a tan solo a unos metros, uno puede hallar puestos bien surtidos de periódicos, revistas y hasta libros, ¿será imposible que Durango camine por esa ruta? ¿Quién se tiene que poner las pilas?

Con el cierre de la librería de Sanborns los duranguenses perdimos, sin duda, variedad y prontitud en el acceso informativo e intelectual. Con la pérdida de El Palacio de la Revista –obsérvese la cualidad ya extinguida: ¡un palacio de revistas!- los lectores ya no tendremos la oportunidad de conseguir, quién sabe hasta cuándo, las mejores revistas del país y las espléndidas series de libros españoles: Sarpe, Gredos, Orbis, RBA…Qué pena y qué tristeza, apenas se fueron y ya sentimos la añoranza. Será por el cariño iluminado de la gratitud. Sin embargo…

“Nadie acabará con los libros”, escribió con esperanza el gran Umberto Eco. Si los lectores recomendamos las obras que ofrecen nuestras librerías, si los escritores publicamos comentarios con los mismos propósitos, si los funcionarios de gobierno del área económica apoyan a este tipo de establecimientos, si las escuelas encargan títulos disponibles en Durango, si los promotores de la lectura se vinculan más con las dinámicas editoriales de la localidad, podremos teneral final la certidumbre de la que la frase del inolvidable erudito italiano recobrará toda su noble realidad.

 

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