El relato de los hechos: leer y escribir sobre mujeres (II)

Llegó cierto día un momento trascedente en la altura de mi carrera académica: la tesis de Licenciatura ¿Qué autor o autora elegir para realizarla? ¿a quién consagrar tantos años futuros de estudio con espíritu de ímpetu y sin altibajos? En principio había pensado en María Elena Walsh. Estaba muy familiarizado con su poética. Una charla casual con una amiga de mis padres en un bar me disuadió, no sé si acertadamente, de que lo hiciera. De allí pasé a Griselda Gambaro, la leí íntegra. Pero además de ciertos libros opresivos, oscuros, duros, desconocía por completo toda información sobre semiótica teatral para el abordaje de su dramaturgia, tan sustantiva por dentro de su corpus, dato fundamental para el caso. Y desconocía de historia del teatro y la dramaturgia argentina y universal porque en la Universidad no estudiábamos ese género en profundidad sino que se privilegiaban otros. No tenía formación en teatro. Encontré entonces a Angélica Gorodischer. Una autora nacida en 1928, radicada en Rosario (pero nacida en Buenos Aires), con trayectoria, premiada, que había incursionado con prestigio en la ciencia ficción. El policial. Y sobre quien yo había escrito una reseña o dos para un diario de mi ciudad alrededor de 1996. Era un buen comienzo. Mi padre disponía de buena parte de sus libros. No fue difícil conseguir el resto de los nuevos o usados, o ambos a la vez. Porque guardo ejemplares repetidos de distintas editoriales, reediciones o de editoriales de distintos países, así como traducciones a otras lenguas. Soy un coleccionista de su bibliografía por obvios motivos. Por añadidura, tiene mucho sentido del humor. Lo que suma liviandad y vitalidad a un trabajo arduo que de otro modo se hubiera tornado tedioso en un marco académico que ya de por sí exige seriedad.

Realicé una investigación muy pormenorizada que incluyó entrevistas, reseñas en distintos medios masivos y académicos de Argentina y EE.UU. de sus novedades que iban saliendo, muchas ponencias para congresos, artículos críticos en revistas especializadas. Y también hubo un trabajo de escritura exigente en una tesis de 140 páginas para la que consulté mucha bibliografía teórica y crítica y llegué a armar una bibliografía de Angélica Gorodischer de su material disperso édito. Cuentos en antologías, artículos, notas en diarios, entrevistas. Pude elaborar un archivo que se iba engrosando periódicamente. Investigué con inéditos que ella me facilitó y las entrevistas fueron varias. Yo estaba aprendiendo a escribir tal como se escribía con largo aliento en la academia. La tesis fue aprobada con una buena calificación.

En el medio gané tres becas sucesivas de investigación de mi Universidad, entre 2000 y 2006, lo que me permitió profundizar en otras poéticas, aprobar el plan de doctorado por parte del comité. Y seguir publicando reseñas en EE.UU. o en Argentina, ponencias, artículos y trabajar en mis informes de beca (tres difíciles informes por cada beca) para la Universidad sobre autoras. Y estas entrevistas se fueron multiplicando porque sentí algo así como la necesidad de entrevistar autoras argentinas contemporáneas. Ignoro el motivo a ciencia cierta. Me inclino por motivaciones indescifrables desde el orden de lo consciente en una perspectiva profunda. Leía íntegra la bibliografía de cada una. Las estudiaba. Formulaba hipótesis de lectura y realizaba cuestionarios que luego les enviaba vía email. Más tarde esas entrevistas eran publicadas en EE.UU. en español en revistas académicas. Tres de ellas en Argentina. La primera que realicé había sido remota: a la escritora argentina Tununa Mercado, en 1999, en su casa, grabador por medio. Y si traigo el nombre de Tununa Mercado a este presente histórico es porque mi tesis doctoral sería un análisis contrastivo entre las poéticas de ambas autoras, la de Gorodischer y la de ella, además de un trabajo sobre la representación de la oralidad en ambas.

En la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, la mía, dado que las dos autoras que yo investigaba eran feministas, tomé la decisión de cursar un seminario de posgrado sobre sujeto y género, entre otros temas que abarcaba el abordaje en el marco de un seminario en su programa, con la Dra. María Luisa Femenías, experta en temas relativos a filosofía de género, de amplia trayectoria en la UBA, en mi Universidad y a nivel internacional, pero de la carrera de Filosofía. No obstante, manejaba saberes de todas las humanidades y disciplinas, con mucho conocimiento de las artes. Y luego de concluido el seminario, de que yo hubiera cursado otro más, me invitó a formar parte de un equipo de investigación titulado “Sujeto, género y multiculturalismo: las figuras de ‘lo Otro”. Me asignó, con alegría de mi parte, a Simone de Beauvoir como tema de investigación. Trabajé poniendo en diálogo las teorías contenidas en El segundo sexo con algunas ficciones en las que la condición femenina se veía alienada. O por la infidelidad, por estar cautiva de la ideología burguesa o por la maternidad en una circularidad paralizante. De esos resultados surgió un libro, Feminismos de París a La Plata, de 2006, publicado en Buenos Aires por Editorial Catálogos, del que participó todo el equipo, cada cual con su respectivo artículo y un Estudio Preliminar o Prólogo de la Dra. Femenías. El libro iba marcando un itinerario geográfico que ya desde su título se proyectaba intercontinentalmente, interculturalmente e interdisciplinariamente.

Los títulos son zonas de especial condensación de sentido. El de mi tesis de Licenciatura es “Supuestos ideológicos de las estrategias formales y representación del autoritarismo en la obra de Angélica Gorodischer”. Y el de la de doctorado, “Poéticas de la hipérbole: la obras de Angélia Gorodischer y Tununa Mercado”. Las formas de representación literaria, el autoritarismo, las poéticas, la hipérbole por aumento o disminución (en términos de Roland Barthes en su definición de conceptos de retórica). Se trata de palabras fuertes que sitúan a la mujer en un imaginario de combate (infligido o que debe ser neutralizado por ella para su autopreservación) o bien poéticas (esto es: formas de concepción de ideología literaria que bajo ciertos recursos de representación dan cuenta de un universo imaginario). En tal sentido, títulos y significados reenviaban a situaciones de conflicto, a espacios de violencia, tal el otro de los títulos de un seminario que también dictara la Dra. Femenías y que cursé más tarde.

En 2014 defendí mi tesis doctoral en la Universidad Nacional de La Plata. Me habían dirigido la Dra. María Luisa Femenías, Dra. en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, luego de su formación en la UBA y el Dr. José Amícola, doctorado en la Universidad de Gotinga, Alemania, también luego de su formación en la UBA, con una larga trayectoria en estudios de sobre literatura argentina, teoría literaria, crítica genética y más recientemente volcado a los estudios de género.

El 27 de diciembre de 2017, salía al mercado mi libro Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas. El libro contiene 30 autoras entrevistadas. Por supuesto que entrevisté a más autoras de las que allí aparecieron y que estudié a muchas otras que no aceptaron ser entrevistadas por los motivos que fuere. Recuerdo largas jornadas de transcripción de algunas de ellas a la luz sombría de una lámpara en una casa silenciosa. En otro caso una entrevista fue realizada por correo postal.

El libro tuvo una moderada circulación. La editorial es chica. Es de La Plata. La distribución en Buenos Aires no fue generalizada porque las grandes cadenas no aceptaban esta clase de editoriales en sus catálogos de venta al público. Pero la Dra. María Luisa Femenías sí lo valoró. Sí lo compró, sí lo leyó, al igual que un grupo de lectores y lectoras que a mí me resultaron y me siguen resultando calificados. Ella me invitó a su programa de radio junto con otras tres conductoras a hablar sobre él. Fue un programa que disfruté porque no se trató de una charla meramente informativa sino de reflexión a fondo sobre el contenido y los supuestos que subyacían al libro. Por otro lado, me pidieron que llevara la música con la que quisiera acompañar mi entrevista. Elegí, en virtud de las circunstancias, dos canciones: de sendos álbumes de la uruguaya Ana Prada y la argentina Liliana Vitale. Y había habido por parte de la Dra. Femenías una lectura en profundidad del libro. Motivo por el cual sus preguntas fueron siempre certeras. Apuntando a cuestiones medulosas.

En lo personal considero que de los cinco libros que escribí (o edité) es el más sólido y contundente. Porque fue una investigación creativa que también significó una intervención en el mercado del libro y en el campo intelectual siquiera de modo moderado. Es el más documentado, el que requirió junto con mi tesis doctoral mayor espíritu de trabajo. Fui incansable y hubo rigor en la investigación de todo cuanto escribí de largo aliento. No es de investigación académica en sentido estricto (si bien todas aparecieron en revistas académicas en forma independiente). No es un libro de escritura creativa, como el resto que yo había publicado. No fue pensado como un libro feminista ni las preguntas hacen referencia a ese tema en particular sino a las poéticas de las distintas autoras, a ciertos libros en particular, a la génesis de escritura de algunos de sus textos, a sus rutinas de trabajo, a cómo conciben su oficio, a cuál ha sido su itinerario formativo académico o de circulación por talleres, al nacimiento de su vocación, entre otros puntos de similar tenor. Pero que se tratara de un libro de entrevistas a escritoras en forma exclusiva, evidentemente, algo quiso significar. Consciente o inconscientemente hubo en mí un movimiento, un desplazamiento que desde la intervención y desde la concepción de su proyección barajó esa dimensión de modo evidente. Cuando uno concibe un libro no siempre es demasiado consciente de lo que está haciendo. O de lo que comenzó a hacer y por qué. O porque consideró esa una materia desatendida. O porque sintió interés precisamente por ese motivo en conocerla. O bien porque me parecieron poéticas de una jerarquía que merecía circular ampliamente. “Todo es deliberado y todo es involuntario”, podría decir como titulé una entrevista a la escritora argentina Ana María Shua, frase que ella pronunció respecto del acto de escribir en dicha oportunidad. Y Rosalba Campra, una de las entrevistadas, académica de la Universidad de La Sapienza, Roma, me dijo que había contribuido a “visibilizar todo un corpus”. En un sentido o en otro, lo sentí como un trabajo de estudio que no había leído en otros ámbitos a lo largo de toda mi ya dilatada trayectoria académica.

En 2000 me casé y en 2001 tuve una hija. Esa hija fue criada de una cierta manera que no lo habría sido si yo no hubiera estado cavilando y problematizando cuestiones en torno de todos estos temas y leyendo toda esta ficción, esta poesía, este teatro, toda esta teoría sobre todo. Otro tanto su madre, que escuchaba mis largas disertaciones sobre informes de beca o le refería el contenido de libros en la medida en que los iba leyendo. Eso se nota en los diálogos con mi hija. Y también se notó cuando le regalé a los 16 años El segundo sexo. Y se notó cuando ella decidió integrar la comisión de género de su colegio secundario, el Bachillerato de Bellas Artes, también dependiente de la Universidad Nacional de La Plata. Hasta el día que me dijo: “Papá, sobre el tema género hay mucha desinformación”. Hasta un cierto día me corrigió por una publicación que había realizado rectificando un desacierto en el que ella tenía razón. Implícitamente, eso denotaba que ella sí se estaba formando o se había ocupado de formarse dentro de lo que puede hacerlo una adolescente en un colegio secundario, sin subestimarla. Pero en el seno de un colegio dependiente de una Universidad Nacional.

Como dije: no soy un fundamentalista. Y leo a muchos autores varones. Especialmente contemporáneos más que clásicos. Hay muy buenos ensayistas, por citar un caso que sigo de cerca. Sigo a varios autores argentinos de todos los géneros. Escribo sobre ellos. Y Sartre y Simone de Beauvoir son y serán siempre dos referentes nítidos que están guardados en esas zonas recónditas del cuerpo y la memoria en las que se aloja lo más preciado. Junto al recuerdo de quienes nos los impartieron en la adolescencia. Me parecen personas con capacidad teórica, argumentativa, de investigación, con conocimientos en el campo de las humanidades en un sentido amplio y que pusieron en coloquio fecundo distintas clases de saberes. Fueron desafiantes y sosabresalientes.

En los congresos de literatura, cuando estudiaba a Tununa Mercado o a Angélica Gorodischer (o a las autoras de las becas de investigación), nos confinaban a penosas “mesas de autoras” con enfoques tan dispares que iban desde la crítica genética, la sociología de la literatura o la cultura, los más previsibles estudios de género, los abordajes de narratología, la intertextualidad, la crítica psicoanalítica, entre otras corrientes críticas cuya variedad, como puede apreciarse, llamaban a ser ubicadas según una especificidad diferente. Parecía ser que en todos los otros casos no había “mesas de varones”. Pero sí había “mesas de mujeres”, marcando la feminidad desde la huella de la exclusión, la diferencia y a la mujer por dentro de un ático circunscripto a los límites de un panel apartado de la libre circulación de los discursos críticos. A un panel al que solía asistir escaso público. Seguía con más vigencia que nunca el personaje de Bertha Mason, de Jane Eyre. En su ático, tan desordenada en sus ideas como por lo visto en sus papeles. Por otro lado, salvo el IIEGE, el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la UBA (Universidad de Buenos Aires) con su revista Mora (donde publiqué un extenso artículo sobre Gorodischer trabajando con inéditos) y el CINIG, Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Género en la Universidad Nacional de La Plata (de fundación posterior), creado por la Dra. María Luisa Femenías y el Dr. José Amícola y luego dirigido por la Dra. Femenías, no había demasiados espacios durante esos primeros años 2000 por dentro de los cuales circular entre la Universidad de La Plata y la UBA. Por desinterés, por desdén, por desinformación (como me explicaba mi hija), por discriminación, por resistencia (tal vez), al no estar consolidados como un campo de estudios sistemático, al menos en Argentina, tampoco llamaban a ser foco de atención para los investigadores o investigadoras en su mayoría. Sí mis propuestas eran bien acogidas en EE.UU. y en algunas Universidades de España. Y siempre fui bien tratado en la UBA. Había convocatorias a Jornadas bajo otras consignas en el IIEGE que siempre publicaba en Actas las ponencias leídas en cada evento realizado de todos a los que asistí.

Desde la investigación bibliográfica había habido un acompañamiento de algunas figuras señeras. Lily Sosa de Newton (Argentina, 1920-2017), historiadora, había escrito el Diccionario biográfico de mujeres argentinas (1972, reeditado por Plus Ultra en 1980). Y de 1994 data el libro Mujeres y filosofía, ya en un marco académico, publicado por CEAL, cuyas autoras son María Isabel Santa Cruz, Ana María Bach, precisamente María Luisa Femenías, Alicia Gianella y Margarite Roulet. Ellas daban los primeros pasos abriendo un panorama más a tono con el universo del conocimiento internacional. Pero a este libro tuve acceso muchos años más tarde. En literatura la escritora Matilde Sánchez en 1991 había realizado la antología Las reglas del secreto (1991), sobre la obra de Silvina Ocampo. Cuentos de escritoras argentinas (Bs. As., Ed. Alfaguara, 2001) y El placer rebelde. Antología general sobre la narrativa de la escritora argentina Luisa Valenzuela (Bs.As., FCE, 2003), compilados por el poeta, editor y periodista cultural argentino Guillermo Saavedra eran algunas otras de las iniciativas que en el campo de la literatura que escritores y escritoras habían comenzado a manifestar como inquietudes para revalorizar un legado valiosísimo que permanecía velado. Y había algunos libros específicos de abordaje de cada una de las poéticas de todo el corpus de las autoras que yo estudiaba. Uno sobre Gorodischer, uno sobre Ana María Shua. Una bibliografía salía, ahora sí, al mercado del libro y, por lo tanto, a la esfera pública. No obstante, no revestían para mis investigaciones un aporte académico que fundamentara hipótesis de lectura o argumentaciones para mi trabajo como investigador de modo completo. Eran aportes. No siempre en directa relación con las líneas de investigación que yo estaba llevando adelante por entonces.

Tal vez fuera la excepción en el momento en que yo investigaba la revista Feminaria, una publicación de estudios sobre la mujer y teoría feminista de carácter ainstitucional que comenzó a publicarse en julio de 1988. Uno se sentía verdaderamente solo en el trabajo. Solo el respaldo de autoridades de un grupo de investigadoras superlativas (todas mujeres por entonces que yo recuerde) que pese a habitar el ghetto de los Institutos, tras sus muros, manejaban saberes, destrezas y organizaban el conocimiento de modo magistral y erudito. No me subestimaban ni discriminaban (tampoco por ser de otra Universidad) sino que, muy por el contrario, de modo respetuoso acogían nuevos aportes en torno de la literatura argentina incluso sobre autoras por fuera del canon desde los estudios de género con regocijo. No obstante, por algo se habían formado en el extranjero buena parte de ellas. Una (y de las más sobresalientes) es la Dra. Dora Barrancos, Magíster, primero, y luego Dra. en ambos casos por Universidades de Brasil. Llegaría luego el boom de la literatura escrita por mujeres, los estudios de género, los estudios sobre literatura gay y lesbiana, la teoría queer. Pero en la época en la que yo trabajaba en La Plata, por los primeros 2000, al menos la soledad no era solamente la del investigador en su gabinete. Era la de la falta de inserción en lo relativo a la producción científica. De acceso a formación. Y a la falta de eventos científicos en los cuales exponer los resultados de las investigaciones. Tampoco había una oferta de seminarios abundante, al menos en La Plata. No existían mesas de trabajo sobre el tema género en Congresos de teoría y crítica literaria. Eso ha cambiado.

Hacia 2006 fui invitado a una Jornada de Estudio en la Universidad de Toulouse-Le Mirail, Francia, consagrada a la obra de Angélica Gorodischer. Los trabajos se publicaron allí en Actas. Y las estudiosas francesas manifestaron un interés notable en la poética de la autora rosarina. Se percibían estudios en torno del tema género de naturaleza afianzada. Si tenemos en cuenta que El segundo sexo data de 1949, tal circunstancia resulta como mínimo razonable.

Por mi parte, seguí a lo largo de todos estos años, algunos casos en lengua española que en particular me interesan. En América Latina Mirta Rosenberg, Tununa Mercado, María Negroni, Margo Glantz, Diamela Eltit y varias otras me producen admiración, como Silvina Ocampo. Fue una serie creciente, envolvente, impetuosa. Pero que cuando llegó a su punto culminante ya nada la pudo detener. Entre las estadounidenses, Emily Dickinson, Susan Sontag, Grace Paley, Lorrie Moore, Adrienne Rich, Marianne Moore, son figuras a las que suelo regresar. Mi relación con Francia está plagada de conflictos, de modo que me limito a Simone de Beauvoir, Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras y Nathalie Sarraute. De España, Carmen Martín Gaite y Chantal Maillard. De Inglaterra, las Brontë, Virginia Woolf, Vita Sacville West, entre otras más recientes.

Desde la producción de conocimientos hay un largo camino crítico que se inicia en la etapa formativa (1988) y prosigue de modo profesional formalmente en 1999 ya graduado, en lo relativo a autores varones y mujeres para adultos de literatura argentina. Eso prosigue hasta la inflexión en torno de autoras argentinas entre 2000 y 2017, con matices en los que jamás desdeñé a los varones. Luego se amplifica nuevamente hacia varones y mujeres. Y en lo relativo a literatura infantil y juvenil hay mucho hecho desde 2010 hasta el presente, con varones y mujeres. Sobre temas de teoría de la escritura y la lectura, tengo un libro inédito. Y en el orden de lo creativo el cuento y la poesía desde 1989 hasta el presente son los géneros que cultivo. Publico entrevistas a escritoras y escritores de literatura argentina, así como reseñas de novedades bibliográficas argentinas o latinoamericanas. Y he trabajado sobre cine sobre todo argentino. Pero también latinoamericano. Interdisciplinariamente dos libros con sendos fotógrafos amigos y un músico en cuatro audiotextos. Integré dos colectivos de arte, siempre de literatura, a distintas alturas de mi vida.

Escribo en una revista cultural en español de Nueva York con una enorme libertad de criterio y elección en la cual los temas vinculados a la situación de la mujer en América Latina son juzgados de acentuada importancia. Se les otorga un lugar fundamental a creadoras de este continente. Y es frecuente que aborde poéticas de autoras argentinas o más ampliamente latinoamericanas con afán de rescate o bien de desarrollar hipótesis de lectura en torno de libros o poéticas. Pero también he analizado autores de otras latitudes, temas de teoría o bien otras manifestaciones del arte.

Pienso que sobre estos temas hay que hablar con seriedad, con fundamento, luego de haber hecho un largo recorrido por los estudios que involucran no solo cuestiones bibliográficas, epistemológicas, históricas, socioculturales, sino también itinerarios formativos e informativos en diversos contextos, incluida una escritura exigente. Quiero decir: no basta con leer mujeres y escribir un trabajo. El género es una categoría impactante en todos los órdenes del trabajo intelectual. Constituye una dimensión (y no de las menos importantes) de la ideología en diálogo con la sociocultura.

Al leer y releer el artículo de Leopoldo Brizuela, “El derecho a leer mujeres”, en el que habla de estos y muchos otros afines, de modo riquísimo, sentí la necesidad de proseguir una iniciativa insinuada. Y poner el foco en lo que había sido mi experiencia y no la suya: la académica al menos durante una etapa. Estar por dentro de los muros de la academia protege y otorga inserción, es cierto. Pero hay un cierto sesgo patriarcal (o lo hubo históricamente) en su seno. En tanto Leopoldo Brizuela (si bien dictó clases en la Universidad Nacional de La Plata) gozó siempre más de la libertad del escritor que del académico, probablemente se sintiera más vulnerable pese a sus tantos premios merecidamente logrados y libros publicados, sus traducciones, su consagratoria imagen proyectada internacionalmente. Había una ausencia de protección de los muros universitarios de modo definitivo y decisivo. La que otorgan protocolos pero también privilegios producto de diplomas, títulos, antecedentes, que supuestamente hacen depositario a su conquistador de un status. Demarcando un nivel jerárquico también en directa relación con instancias de poder. Pondría las manos en el fuego asegurando que hubo colegas encarnizados con Leopoldo Brizuela (por lo que trasunta su artículo) por sus lecturas. Yo no tenía colegas académicos que me hubieran agraviado sino en cambio, me sentía respetado. Se los percibía eso sí, descolocados, desconcertados, de que un varón realizara abordajes de poéticas de autoras. No hubo hiriente hostilidad.

La experiencia de Leopoldo Brizuela había sido, sobre todo, la de la intervención editorial en el mercado del libro, con artículos y en eventos literarios públicos. Tenía una larga experiencia lectora en torno de la literatura escrita por mujeres. Había colegas con ideas penosas por motivos ligados a su identidad de género (según refiere en su artículo) que lo discriminaban. Este punto no me merece ni media palabra.

En fin, este es el relato de una experiencia que se remonta a la ciudad de La Plata desde aquel remoto 1986, en un colegio secundario dependiente de la Universidad Nacional de La Plata en el que a los 16 años leí por primera vez por las mías un libro de Angélica Gorodischer que era de mi padre, Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara, dedicado nada menos que a la autora mexicana Margo Glantz por parte de su autora. Margo Glantz también es amiga de Tununa Mercado. El libro había sido ganador del Premio Emecé 1984-1985. La figura se cierra, perfecta, como un anillo. Tal vez sea esa la figura en el tapiz. Algunos llaman a estas cosas destino. Otros azar. Otros hablan de la Providencia. Yo como creo que hay que ser responsables y respetuosos de ellas, como buen narrador me abandono a su relato. El relato de los hechos.

 

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