Aprender a vivir con Lillian Hellman

Leer algo que evoque llanuras despejadas y horizontes abiertos, exultante de esperanza, se vuelve necesario en tiempos coléricos. Así como uno no conoce el amor solo a través del romance, se aprenden lecciones de vida si reparamos en la ajena. De tal acto surge un sempiterno relato escrito por Lillian Hellman (1905-1984), heroína de ninguna patria aparte de la literaria.

El anuncio de mejores días lo da la protagonista de Quizás (Fondo de Cultura Económica) aunque hace creer en algo vago, inesperado, quizás absurdo cuando inicia mencionando a Sarah Cameron, quien parece alguien insignificante. Muchas de sus certezas acaban evadidas durante el trance del pensamiento al acto.

Hellman nombra a gente que viene y va, equívocos abrumadores que son más de lo que aparentan. “No me acuerdo, tampoco lo sé y ni importa”, responde con el hastío de aquello que fue intolerabe cuando pasó. Es una clase de femme rompue, como la de Simone de Beauvoir, a la que hicieron mucho daño.

Una escritora introvertida de la manera más natural relata cosas audaces: que habitaba con Dashiell Hammett, que trabajó para Samuel Goldwyn, que comenta con William Wyler guiones disruptivos en tiempo de censura, que empatiza con Frank Costello, que no le agrada la prosa de Proust y que mandó dinero a través de Malraux para liberar gente atrapada por los fascistas de Franco en el corredor internacional entre España y Francia.

 Hay un gran trecho a partir de la época en que vivió hasta que comprende lo vivido. ¿Novela? ¿Narración autobiográfica? Perpleja por cosas que hizo, Hellman cuenta: ¿qué tiene de malo recordar? Cuando piensa en los hechos solo le queda redimirse. Resultan todas nimiedades, desde su aroma, una obsesión con alguien carente de relevancia, ex parejas, luego la sobriedad, que sin embargo importan.

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