Racionar el tiempo

Los tiempos —aunque estén aún cambiando— se acortan. Es entonces cuando la sensibilidad marca algo que cada quien descifra como puede. Estuve de vacaciones unas semanas, fuera de estas páginas. A veces las cosas se complican porque uno es quien las complica. Es real que atravesamos una situación durísima y a propósito busqué un texto que había trabajado hace años, cuando pensamos que un milenio terminaría y otro venía pa’lante. Escribí entonces que quienes tuvimos el privilegio de haber nacido a la mitad de los cincuenta, presenciamos cosas increíbles que no tuvieron quienes generacionalmente llegaron atrás o adelante. Justo, muy justo el habernos auto denominado “perdidos”: éramos niños al impacto de Los Beatles y jóvenes ya autónomos al momento de John Travolta. En materia política soñadores de verdad, supimos del triunfo de la revolución sandinista y al mismo tiempo nos identificamos con los personajes de Easy Reader: creíamos en el derecho a disentir.

Pero ha llegado el instante en el qué hay que mirar hacia allá, hacia donde se quedó lo que dejamos. Nunca imaginamos que todo fuera a correr a la velocidad de la luz: nadie regresa sobre sus pasos y el futuro es sólo una posibilidad. Soy un obsesivo al tratar temas como este, no tengo remedio.

¿Cómo y por qué racionar el tiempo? Hace días y por casualidad —busco lo inimaginable— adquirí un libro que editó el FCE en 2017. Extraordinario para quienes se dedican al humanismo y a la bioética o a la psicología clínica. El aislamiento me ha hecho un selectivo lector y Las fronteras de la muerte de Laura Bossi me hizo repensar lo que al principio de esta nota he consignado. Es decir, uno llega a una edad en la que se debe puntualizar en qué tirar o no las horas y los minutos. Nos deja entrever la autora que existe una plena conciencia de la muerte cuando se va alcanzando la madurez. No es una regla porque esa “conciencia” se tiene desde que aparece el uso de la razón. Uno se desgasta irremediablemente, uno se va acercando y mide la distancia del salto. Cerca está ya el otro lado, la profundidad.

En plena madurez es sabiduría racionar lo que va corriendo como vívidas estampitas. Vamos a morir como hemos vivido. Planeamos una meta para los siguientes minutos: probablemente no lleguen, es un misterio que nos salva.

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