La poesía: memoria de los hombres

Una de las mejores lecciones de poesía nos la dio Alfonso Reyes: un artista viviente, un poeta que lleva en sí el impulso de perpetuidad de la poesía (…) artista refinado es inalterablemente humano, angustiadamente humano, consubstanciado con la confesión americana y, en un grado más ardiente, con la confesión que hace de su tierra natal al Continente sorprendido (Alberto Gerchunoff, dixit).

La definición del gran poeta está circunscrita por supuesto a “la transformación creadora del pueblo mexicano. Y para la América toda, Alfonso Reyes, poeta continental de nuestra lengua, es un representante de México”. Ya Borges en su momento apreció la calidad de don Alfonso por aquello de prefigurar desde la presencia hacia el porvenir. O en palabras de Octavio Paz: “El poeta sabe que no es sino un eslabón de la cadena, un puente entre el ayer y el mañana”.

Así pues, la continuidad sea da por el crecimiento interno del escritor que va relacionado con su temperamento. En este sentido el propio Reyes apunta que: “Hay categorías de escritores. A todas prefiero la que establece Rémy de Gourmont: 1º. Escritores que escriben, 2º. Escritores que no escriben. Schopenhauer ha propuesto dos clasificaciones. La primera es una clasificación polémica bastante vulgar: 1º. Escritores que escriben para decir algo, 2º. Escritores que escriben para ganar dinero. Los dos grupos nos parecen igualmente honorables”. (“Temperamentos de escritor”, Obras Completas de Alfonso Reyes, Tomo III, FCE, 1ª. Ed. 1956; 3ª. Reimp. 1996, pp. 160-162).

Líneas más adelante insiste: “La segunda clasificación de Schopenhauer se acerca ya al misterio lírico, aunque no lo penetra: 1º. Escritores que escriben sin pensar, o con pensamientos ajenos, 2º. Escritores que piensan al escribir, 3º. Escritores que piensan antes de escribir. Notemos la ausencia de una cuarta categoría: 4º. Escritores que piensan después de escribir”.

Ahora bien, la lección específica se da en saber diferenciar a quienes “escriben por acumulación externa —soldando notas— y otros hay que escriben por crecimiento interno”. Existen, en estos últimos una fuerza manante sin fuego de artificio. La perdurabilidad de la poesía se tiene en la forma. Y aquí podemos seguir a Paz cuando afirma en La otra voz que: “(…) Sonetos o baladas, endecasílabos italianos o tankas japonesas, verso libre o poema en prosa, todas las formas y todos los metros son arcas para atravesar el mar de los años y los siglos —la memoria de los hombres. El arte es voluntad de forma porque es voluntad de duración”.

De manera trágica no ocurre así en estos tiempos de pandemia donde, desde las plataformas, los consumidores, otrora ciudadanos, se multiplican en el mercado económico dejando atrás el antiguo comercio literario y artístico en manos de los desecadores de la palabra: desmemoriados de la poesía.

 

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