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"Los libros de Joan Margarit a muchos nos hacían falta"
Borges hace tiempo dijo: “La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi muerto. Quedan el hombre y su alma”, y Joan Margarit le ha dado la razón. Hace pocas semanas, aquí, en Barcelona, el gran poeta catalán, hablando de su cáncer, ya demostró que su alma permanecía intacta y serena.
Coincidí con él en el Instituto Ausias March de la calle Muntaner los tres últimos años del bachillerato y después en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, en la plaza de la Universitat. Si bien en ninguno de los dos lugares nadie se hubiera podido imaginar que Joan (buena parte de su vida calculando estructuras con su entrañable socio Carles Buxadé) terminaría siendo un famoso poeta, a los que le conocimos de verdad nunca nos extrañó.
Joan Margarit, por encima de sus dos dedicaciones —arquitecto y profesor—, desde muy joven siempre tomó notas de la vida: era un gran observador con una envidiable energía. Y cuando descubrió que lo que escribía en su pequeño bloc de notas a los demás nos fascinaba, jamás dejó de hacerlo.
Cuando me entero de que nos ha dejado para siempre, lleno de una profunda tristeza, vienen a la vez a mi memoria dos cosas: aquella perenne y sonora risa suya de los años 50 en la calle Muntaner y uno de sus pensamientos: “'Recorda quan encara no sabies que no et tindria pietat la vida...'”.
Los libros de Joan Margarit a muchos nos hacían falta. Descansa en paz, amigo.