Canto a la soledad

Vuelvo a la obra de Luis Cardoza y Aragón como dijo Neruda respecto del yo “como a una casa vieja”, pero una casa vieja en perpetuo remozamiento, como una casa vieja encantada. 

Y encantada en su múltiple vertiente como poeta, ensayista, narrador y crítico de arte.

También como cronista. 

De hecho el pórtico de Guatemala, las líneas de su mano es la crónica del regreso febril a casa, del reencuentro con los afectos más puros, más cribados. 

Cardoza y Aragón es un poeta como la copa de un pino. El FCE publicó la poesía completa de “El más extranjero de los mexicanos y el más mexicano de los extranjeros”, del guatemalteco-mexicano. 

De ese tocho (creo que jamás había escrito esta palabra como sinónimo de “libro que posee muchas páginas”, según la RAE) he elegido el poema “Canto a la soledad”. 

Una pieza verbal estremecedora que cala hondo, muy hondo, en el corazón de los lectores: 

“Solo de soledad y solitario y solo,/como el loco en el centro de la locura,/yo digo lo que tú me has dicho/con la ahogada voz del mar/en mis oídos de ceniza que canta”. 

Ya se ve de dónde tomé el título de mi poemario El canto de la ceniza. De aquí y de Vicente Aleixandre: “Ávidamente ardí. Canté ceniza”. 

El poema de Cardoza y Aragón respira inserto en su libro Soledad (1936).

Solitario y solo me hizo recordar aquella frase que le escuché a nadie menos que a Eduardo Galeano: “los solitarios son los hombres más solidarios”. 

Y es cierto, aunque no siempre.

 

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