Detalle noticias
Invierno, insomnio, recordaciones
Llega el invierno, la melancolía me abrasa. Llegan las rachas gélidas, me refugio en las evocaciones. Visito las estaciones de Lezama Lima, Julián del Casal, Dario, Martí, Eliseo Diego, Villaurrutia, Zurita, Lihn, Pacheco, Olga Orozco, Bonifaz Nuño, Eliot, Emily Dickinson, Borges, Octavio Paz, Baquero, Mutis, Elsa Cross, Ruy Sánchez, Pizarnik, Juarroz, Porchia, Montejo, Pessoa, Amijái, Francisco Hernández, Coral Bracho, Clara Janés… Los frecuento al azar: están en la mesita de noche, enciendo la luz en pleno insomnio, estiro la mano: me quedo con el primero que los dedos alcancen.
Alfabeto del mundo, de Eugenio Montejo (1938–2008), me acompaña en estas noches de vigilias colmadas de recordaciones. No sé por qué ya casi no sueño con mi madre; sin embargo, mis hermanas se me aparecen en el ensueño a brindarme una taza de chocolate caliente o un pedazo de pan con aceite y ajo: intentan salvarme de las presunciones. Leo “Un rayo”, en que Montejo escribe: “La vejez de la carne es la peor máscara / que los dioses nos tejen”. Supone que “un joven cuerpo de mujer se tienda / y nos abrace, /como abraza el amor, /mucho más hondo que la muerte… / Entonces, tras la máscara, / nuestra marchita carne se reaviva / y vuelve un rayo a iluminarnos / que dura apenas lo que dura un rayo”. El amor y su abrazo: la brasa de su luz cuando nos abraza.
Miro como el silencio de la noche se cuela por las rendijas: no escucho nada, sólo el suspiro quieto de las acacias y el lamento de un gato alumbrado por la luna. Soy un forastero que busca a su padre en el invierno. Mi padre tiene un nombre, lo escribo en los muros: trazo su designación en la memoria del olvido. “Las palabras nacen por el tacto”, me avisa el poeta. Veo a mi madre después de tantoaños de ausencia, me doy cuenta que “Lo que escribí en el vientre de mi madre / ante la luz desaparece”. Letra profunda que espoleó el dolor. Muerte y memoria se enlazan entre el sigilo y los signos de la flama. Mi madre, niña ausente de mí.
¿Dónde quedó la infancia, el inicio, las heridas y las huellas?: “perdí mi sombra y el tacto de sus piedras, / ya no se ve nada de mi infancia. / Puedo pasearme ahora por sus calles / a tientas, cada vez más solitario; / su espacio es real, impávido, concreto, / sólo mi historia es falsa”. / ¿La soledad tritura el mismo deseo en cada estación? El deseo se enrosca a la soledad: palpo el temblor de su estrépito. Alguien me expulsa, me inscribe en los susurros del espejo. Eugenio Montejo le dice Adios al siglo XX: contempla los dioses “que duermen disueltos / en el serrín de los bares” en espera de la cadencia de un saxofón en los merodeos de un blues.
El invierno se hace cómplice del desvelo en el derramamiento del repaso. Montejo: “Soy esta vida y la que queda, / la que vendrá después en otros días”. ¿Vivir serás lo más puro? “Nacer es un proceso que nunca termina”: Juarroz. “Con las manos cortadas / se yergue mi fantasma sin memoria”: Janés. Y el tiempo se inflama en sucesiones de mudanzas. Y desando por rémoras y descifro atajos y el itinerario genera otras rondas, otros horizontes… “Tal vez sea el sonido del mundo. / Tal vez así suenen los astros girando en sus órbitas”: Montejo.
Alfabeto del mundo
Autor: Eugenio Montejo
Género: Poesía
Editorial: FCE