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La gubernatura y la izquierda cavernícola
La disputa por la elección de gobernador está en marcha. Mitad pública mitad soterrada. Unos actúan de manera declarada; otros se mueven en la indiferencia fingida.
A diferencia del pasado, cuando privaba la máxima de que “el que se mueve no sale”, hoy las candidaturas se construyen mediante alianzas ortodoxas, contra natura, en periodos largos y sinuosos, salvo excepciones.
Pero las excepciones, ya se sabe, no son la regla.
Además, precisan de poderosos y caros aparatos de propaganda, los que pocas veces consigue los objetivos previstos. Entre otros motivos por la pluralidad y sofisticación en lo que ha devenido la sociedad nacional.
Incluso en los pueblos más pequeños y remotos se ha roto el principio de homogeneidad (que solía traducirse en obediencia unánime al partido en el poder) y han surgido jerarquías ferozmente encontradas. No obstante, los programas y la política social clientelares.
Las elecciones de principio de mes dejaron varias enseñanzas. La primera y tal vez la más importante es que para ganar elecciones no basta la marca de la casa, así se trate del partido en el poder, estatal y nacional.
Morena partido por sí solo, sin Andrés arengando en la plaza pública, no es garantía de nada.
En ciertos puestos y contextos electorales, el nombre de los aspirantes y su reputación pesa más que la posición del partido. Eso explica la ruidosa paliza infringida a la Cuarta Te en la ciudad de Puebla y municipios conurbados.
Otra enseñanza que no se debe perder de vista es la emergencia electoral de la clase media progresista. Una especie de socialdemocracia asociada al ingreso y a la educación. Es la expresión más acabada del papel político del desarrollo humano.
Fue ella el principal soporte del tortuoso proyecto de Andrés Manuel López Obrador. Primero en la conformación de Morena como partido y en seguida como la principal artífice de su triunfo.
Y ha sido ella, esa clase media progresista (que no es la otra clase media conservadora, vinculada con los grupos rancios de Provida) la que con su voto castigó el mal desempeño de los gobernantes que ella misma encumbró en el 2018.
¿Puede haber en el horizonte mediato algo más democrático que lo vivido en la ciudad de Puebla en la elección pasada? Aquí se cumplió la máxima del presidente. “El pueblo pone y el pueblo quita”.
Hay un libro que no me canso de citar. Habla de las izquierdas mexicanas en el último cuarto de siglo. En los extremos opuestos están la izquierda partidista y la izquierda universitaria.
La primera es cavernícola y premoderna; la segunda decente, respetable y moderna. La primera sobrevive y gana elecciones en función de la buena fama de la segunda.
Felizmente podemos afirmar que en la ciudad de Puebla la izquierda universitaria derrotó la premodernidad de las cavernas. De nuevo queda de manifiesto que la primera es muy superior a la segunda, y augura futuro largo.
No diré el nombre del autor del libro porque su mención es motivo de mentadas en las filas de la feligresía lopezobradorista. Sólo diré que se trata de una publicación del FCE, bajo el título de Pensando en la izquierda (2008).
El futurismo electoral atrae los reflectores de la opinión pública. Es el deporte que más apasiona a la clase política y aficionada. Es fuente inagotable de morbo en los cafés, corrillos, medios y ahora redes.
Sospecho que el más beneficiado de la disputa en curso sea el propio gobernador. Los medios de comunicación mueven su foco de atención y se centran en la pelea para complacer a las audiencias; la transparencia y rendición de cuentas de la administración estatal quedan en la oscuridad de la noche.
Por las razones que sean o se aduzcan: conflictos electorales, muertes prominentes, pandemia, recortes presupuestales, lo cierto es que el gobernador Miguel Barbosa concluye su primer tramo de gobierno sin que haya despuntado su gobierno.
Es el estado general que priva en el arranque del segundo y último periodo del primer gobierno surgido de un partido que suele decirse y presentarse de izquierda, y que niega ser como los del pasado.
Es el estado de cosas al que se enfrentan y se enfrentarán Alejandro Armenta Mier, senador de la República y Eduardo Rivera Pérez, presidente electo de la ciudad de Puebla; se pueden sumar los nombres de Fernando Manzanilla Prieto, diputado en funciones; y Enrique Cárdenas, académico respetado, y con una legión de seguidores ilustrados de la izquierda universitaria.
No hay más personalidades en el firmamento con suficientes municiones en las cartucheras para enfrentar una pelea de tres años. Ya habrá manera de ocuparse de cada uno en sus capacidades y limitaciones.
CHAYO NEWS. Se dice por ahí que Manuel Bartlett viene por la revancha y que lo que no pudo hace veinte años frente Melquiades Morelos lo podrá ahora con su pupilo Nacho Mier. En lo personal me parece una afrenta a la clase política local y al mismo gobernador Barbosa. Pero en política lo más seguro es lo imprevisto.
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Todo indica que en el fraude electoral que amenazan consumar en el municipio de Chiconcuautla está implicado el presidente del Instituto Estatal Electoral de Puebla y sus enviados el día de la elección, y por cuya razón esa dependencia ha tendido un manto de silencio e impunidad, no obstante que de 20 casillas instaladas 11 fueron siniestradas la noche del domingo de las votaciones. La dependencia se niega a hablar del estado que guarda la impugnación presentada por seis de los siete partidos que participaron en la elección. Los que conocen del tema especulan que todo pasa por el compromiso de sacar avante la elección de la priista, Laura Zapata en el distrito local de Huauchinango, y favorecer al grupo encabezado por Jorge Estefan Chidiac.