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Mujeres y literatura en el florecimiento post-Covid | Artículo
Como si la fase actual en extinción de la pandemia hubiera dado la señal para ese tan esperado despertar de luz y sombras de la calle y de los centros culturales que revitalizan al mundo o a la patria, aún con el uso preventivo del cubrebocas, la semana pasada, del 21 al 26 de junio, se llevó a cabo el Primer Encuentro Literario de Escritores Uruapenses, en la Casa de la Cultura de la histórica ciudad.
Ubicado en el borde de los tiempos Covid-post-Covid y en la periferia de un México aún sensiblemente centralista, dicho encuentro mostró hasta dónde y cómo las circunstancias empiezan a cambiar y permiten entrever esos cambios sustantivos que nuestras realidades actuales nos reclaman: primero, la tendencia expansiva de la construcción o de la reconstrucción cultural del terruño, convertido ahora, para el caso que aquí señalo, en un vector que universaliza sus letras y sus actividades artísticas en un nivel que no tiene nada que envidiar a los vuelos cosmopolitas que tienen o presumen las áreas centrales del país; segundo, el hecho, extraordinario, de la presentación de vigorosas letras, en cuento o en poesía, de mujeres que escriben la mejor literatura, muy distinguida por formar parte de lo que Foucault denominó la “literatura del afuera”.
II
La “literatura del afuera” es, para Michel Foucault, la que rompe “los límites marcados por los códigos del lenguaje, las prácticas discursivas y los mecanismos de subjetivación”. Y corresponde a lo que el escritor considera propiamente como la literatura moderna, caracterizada por ser “a-dialéctica y a-categorial, donde se dice sí a la divergencia de la multiplicidad nómada y dispersa”.
Coloca Foucault a Mallarmé como el primer gran exponente de esa apertura a la literatura moderna. Pero la “literatura del afuera” pudiera considerarse a la vez como aquella que surge y triunfa desde su ser y crecimiento “en los márgenes”, en el espacio-tiempo de una rebeldía cualificada desde la pluma maestra que se despliega o crece –digámoslo así– “desde la periferia al centro”; destruyendo o haciendo a un lado las formas canónicas, regulares y “normalizadas” de la literatura que aún domina y que sirve básicamente para adormecer los vuelos transformadores y los sueños rebeldes de la gente.
Y en este punto me atreveré a decir, dentro del tema que nos anima, que la escritura literaria por mujeres es o ha sido esencialmente una “literatura del afuera”, pues se ha construido, vigorosa, justo “desde la periferia al centro”, casi siempre a contrapunto de su época o de los cánones que impone la literatura con marca patriarcal.
III
Tiene que mencionarse obviamente en cualquier encuadre referencial de las mujeres escritoras de México a Sor Juana Inés de la Cruz. Pero, ya ubicados en nuestros tiempos modernos, no puede dejarse de hablar con el respeto mayor que se merecen las letras de Elena Garro (Recuerdos del porvenir), creadora de una memoria circular que abrió anchas avenidas al atrevimiento de exponerse y de mostrar una muy particular forma de escritura que la coloca sin duda como una de las grandes escritoras contemporáneas.
Pero tampoco se puede dejar de mencionar de manera especial a una escritora que desde hace años ha marcado a algunos nuestras vidas: Nellie Campobello, quien, tiempo antes de Garro, revolucionó la forma de escribir sobre “el hecho revolucionario” –en las primeras décadas del siglo XX (Cartucho)– mujer que tiene una calidad artística de tal naturaleza que Jorge Aguilar Mora llegó –equivocadamente, aunque ello no quita un ápice de mérito a la obra de Campobello– a considerar que, sin la escritura de Nellie, Juan Rulfo no hubiera llegado a alcanzar la perfección con las que tejió sus obra maestras.
Rosario Castellanos es una de las imprescindibles en la lista: con “literatura del afuera” de un doble o triple fondo, pues, parafraseando a Martí, con los pobres e indígenas de México quiso ella su suerte echar. Su capacidad para irrumpir en forma vigorosa desde esa “periferia” humana llena de penas y promesas tuvo en su escritura extraordinaria la posibilidad de reproducir las vibraciones de su alma y de su voz, muy en particular de las mujeres de ese pueblo insumiso “de los márgenes” que no eran en realidad sino eje dinamizador del México profundo de su época.
Dando un salto mortal podemos llegar rápidamente a Elena Poniatowska, escritora que no sólo cubre toda una época, sino que tiene la virtud de hacer visible con su pluma, dentro del mundo patriarcal en el que vivimos, a decenas de grandes artistas y escritoras. O llegar también, ya en fechas no muy lejanas, entre otras, a Inés Arredondo, a Amparo Dávila, a Laura Esquivel, a Margo Glantz, a Mónica Lavín, a Rosa Beltrán o a Guadalupe Nettel.
IV
En el Primer Encuentro Literario de Escritores Uruapenses al que nos referíamos al principio pudimos conocer piezas poéticas de primerísima marca, pero adquirió una peculiar relevancia la presentación del libro de cuentos de Maya Lorena Pérez Ruiz, Vientos Desnudos, que tiene todos los elementos que identifican la mejor literatura del México moderno, en un nivel de universalidad que permitirá leerla en cualquier parte del planeta. Iconoclasta y construida desde “los márgenes” del mundo, logra entretejer la mayor parte de sus líneas en el subgénero creado por Baudelaire en sus Pequeños poemas en prosa.
EL escritor y poeta Ismael García Marcelino nos da una pauta a seguir en torno al libro de cuentos que comentamos:
Leer los cuentos de Maya Lorena no es sólo una delicia, sino todo un descubrimiento: no puede dejar de asombrarnos la calidad artística de sus textos, labrados con un pulso que hacía tiempo no lográbamos encontrar. Elecrizante en algunas de sus partes, logra revelarnos verdades y sentidos que no aparecen sin más en la vida cotidiana; con un agregado importante que, siendo relevante en el marco general del tejido prosístico, resulta aún más sorprendente: lo que pudiera pensarse como su “atrevimiento” a generar imágenes literarias que no entran de ninguna manera en algún canon convencional, sea ello cuando habla de la soledad o de la muerte, sea cuando entra en los escenarios complejos de las relaciones de pareja y del erotismo.
Desde este empuje renovado de posibilidades literarias, cabe ahora, en la anunciada apertura de la sociedad post-Covid, relanzar la consigna que algún día tuvo sentido en la época de Mao: que “Cien flores se abran y florezcan mil escuelas”.