Una mirada de 1983 al siglo XXI

El historiador suele evadir el futurismo con el argumento irreprochable de que su objeto de estudio es el pasado, pero hay excepciones, como el italiano Armando Saitta (1919-1991), quien publica en 1983 su Guida critica alla storia contemporánea (Guía crítica de la historia contemporánea),  editada seis años más tarde en México en la colección Breviarios del Fondo de Cultura Económica.

En una fecha tan lejana como hace casi 40 años, Saitta no duda en incluir un capítulo titulado “Perspectiva sobre el siglo XXI”, en el que aventura algunos puntos a revisar a la luz de los hechos que nos incumben aquí y ahora. El primero es el liderazgo mundial de Estados Unidos y la Unión Soviética, recordando que aún no caía el Muro de Berlín.

Ese bipolarismo Washington-Moscú, escribe el autor como segundo elemento, está seriamente amenazado por la maduración de ciertas situaciones y el ascenso de nuevas fuerzas, de las cuales Pekín es la más manifiesta, pero no la única. Para entonces, China era percibida como un enigma, y por eso parecía igual o más sólido el acecho de la Europa comunitaria e incluso la posibilidad de que un Tercer Mundo agrupado, superado el tema de los Países No Alineados, constituyera un polo de liderazgo.

Hoy vemos el resurgimiento de China como una potencia mundial indiscutible, aun en el terreno científico o gracias a él en gran medida, y una Unión Europea que representa un contrapeso al poderío estadunidense y a la Rusia renacida de las cenizas soviéticas, con un peso global único que mucho se parece al extinguido con la caída el bloque del Este y la fragmentación de las repúblicas.

En el caso del Tercer Mundo, el neologismo ya solo remite al subdesarrollo cuando no a la miseria.

Saitta no vacila en ver como fuente del deterioro político del siglo XX a la “partidocracia”, se mofa del Paramento como ente que registra decisiones tomadas en otra parte y se abstiene, ahora sí, de prevenir sí se impondrá un proceso extremo de autodestrucción o se evitará sin caer en dictaduras, no porque no pueda hacerlo como ciudadano, dice, pero impensable como historiador.

Anterior Siguiente