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La batalla por Tenochtitlan
Hirió Dios esta tierra con diez plagas muy crueles (…)
la primera de las cuales fue de viruelas (…) al tiempo
que el capitán Pánfilo de Narváez desembarcó (…) vino
un negro herido de viruelas, la cual enfermedad
nunca en esta tierra había visto.
Fray Toribio de Benavente
Sentados en los pupitres del salón, los infantes que integrábamos el grupo que repasaba en la primaria la historia de la conquista fuimos, de alguna manera, víctimas de una glosa derrotista que nos negó durante el curso por toda la educación básica la posibilidad de sabernos herederos de una cultura que, con mucho, nunca se sometió a Cortés y sus tropas de la manera en que la voz del aula nos hizo entender. Por ello, desde el llamado que aparece en la esquina superior derecha de su portada (y que dice a la letra “Para confrontar y desmenuzar las narraciones oficiales, canónicas, dominantes”), un libro como La batalla por Tenochtitlan entusiasma, como entusiasma escuchar de nuevas historias, más complejas y robustas, por encima de la medianía que repite la cantaleta que nos dice que fuimos conquistados avasalladoramente por un grupo de aventureros dotados de un talento militar extremo para dominar inmensas franjas de territorio.
Nada como la profusión de datos en toda su espesura para adentrarse en la conformación de una historia nueva, enriquecida: “La ‘conquista de México’ se nos presenta como una de las más grandes hazañas militares de la historia, puesto que 400 o 1000 valientes y su esforzado capitán sojuzgaron a un poderoso y floreciente imperio. Se nos ofrece como un triunfo de la modernidad sobre el atraso, pues fueron las armas modernas, la ciencia, la forma de pensar y la cultura política moderna las que permitieron esa asombrosa victoria (…); ¿Es cierto todo eso? En realidad, casi ninguna de esas afirmaciones se sustenta en los sucesos políticos, militares, sociales y epidemiológicos ocurridos en una parte de lo que hoy es México en los años que van de 1519 a 1521. De hecho, trataremos de demostrar que hasta el término ‘conquista de México’ es discutible”.
Recientemente publicado por el Fondo de Cultura Económica —editorial en la que orgullosamente colaboro—, La batalla por Tenochtitlan, del historiador Pedro Salmerón Sanginés, ofrece al lector interesado en uno de los hechos nodales de nuestra historia esencial, una visión enriquecida de los sucesos que aporta una reflexión profunda sobre la esencia de nuestra mexicanidad. No basta ya con la tesis escolar que tradicionalmente ha sostenido una narrativa de rendición absoluta, casi cinematográfica, ante el conquistador, es necesario robustecer la visión de lo acontecido anteponiendo a la historia convencional las capas de datos e intuición que Salmerón coloca ante los ojos del lector y, en el mismo sentido, es necesario también repensar nuestra mexicanidad. Lo agradecerá el inmenso subconciente nacional, pero también lo agradecerá la Historia.