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Mi única vocación es la literatura.- Celorio
A Gonzalo Celorio, su primer gran anhelo literario le quedó grande en la juventud. Lo dice así, sin cortapisas, porque a sus 73 años entiende que haber aguardado el tiempo suficiente para escribir la historia de su familia -o más bien, la historia de su familia en la Historia- fue la decisión correcta.
"Pienso que la madurez de un escritor muchas veces consiste en ir morigerando la ambición de estos proyectos juveniles", reflexiona en entrevista.
Con cada una de sus respuestas, que salen como si hubieran sido redactadas con mucho tiempo y cuidado, el director de la Academia Mexicana de la Lengua (AML) muestra, en todo momento, el cariño que le tiene al español, o, como él mismo lo dijo en su discurso de ingreso a la institución: "Mi amor a la palabra inveterado y constante".
Así, pues, explica que al morigerar -templar o moderar los excesos de los afectos y acciones, según la RAE- su proyecto literario de juventud, hoy compuesto por las novelas Tres lindas cubanas (2006), El metal y la escoria (2014) y Los apóstatas (2020), pudo encontrar su esencia verdadera.
"No es que esté interesado particularmente en contar la historia de mi familia, me parece que eso es totalmente secundario; más bien, lo que yo creo es que esta familia puede resultar significativa, o paradigmática, o ejemplar, para hablar de una serie de fenómenos de carácter histórico y de carácter cultural que a todos nos atañen", pondera.
En estos tres libros, cuya rama materna proviene de La Habana, Cuba, y paterna del pueblo asturiano de Vibaño, España, algunos de los grandes acontecimientos de la historia atraviesan la saga que Celorio, no sin un tono irónico, ha nombrado "Una familia ejemplar".
"En estas tres novelas hay tres revoluciones, por ejemplo, está presente la Revolución Mexicana, la Revolución Cubana y la Revolución Nicaragüense; en éstas hay exilios, hay guerras, hay fortunas que se pierden, hay amores que se desintegran, hay traiciones", explica.
"Hay una especie, yo diría, de repertorio de pasiones, de sinsabores, de tragedias también, de circunstancias históricas que permiten partir de una historia familiar para crear realmente unas novelas; es decir, yo realmente lo que quisiera defender es el carácter novelístico de esta saga y no nada más el carácter biográfico".
Esta trilogía de maduración parsimoniosa, cuyos orígenes se remontan a los años 70, resulta central en la obra de Celorio, pero es apenas una parte de un proyecto literario que, además de una novela emblemática sobre la generación del 68 (Amor propio, 1991) y una de culto sobre un viacrucis etílico por las cantinas del Centro Histórico (Y retiemble en sus centros la tierra, 1999), se complementa con una nutrida obra ensayística.
La otra cara de la moneda, que a él mismo no le produce ningún conflicto, es una carrera como profesor de literatura que ya supera el medio siglo, casi en su totalidad en la UNAM, su "mamá".
"Soy un profesor de literatura y soy un escritor. A veces, es posible que los escritores me consideren más académico o los académicos me consideren más escritor, pero ese conflicto yo no lo tengo, porque, finalmente, mi verdadera y única vocación es la literatura y a ella me entrego por completo en sus diferentes modalidades", declara.
EL UNDÉCIMO HIJO
Celorio está por cumplir 50 años como profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de donde "nunca egresó", como suele decir, tras recibirse como Licenciado en lengua y literatura españolas.
Titular de la cátedra extraordinaria "Maestros del exilio español", tiene ya un nombre insoslayable en la institución que contrasta, por completo, con el ambiente en el que creció.
"Yo soy el undécimo hijo de una familia de 12 hermanos, de manera tal que no había una posibilidad de tener una identidad propia en medio de tantos hermanos que habíamos sido educados bajo la premisa de que todos somos iguales. Entonces era muy importante diferenciarse para tener una identidad propia", recuerda.
Si ahora puede ostentar una credencial como profesor de la UNAM, así como un retrato propio entre los miembros de la AML, el primer carnet de identidad que tuvo en su vida, el de los Boy Scouts, ni siquiera llevaba su rostro.
"Le pedí a mi madre una fotografía para ponerla en mi credencial y mi madre buscó en la caja de fotografías, no encontró ninguna mía y me dijo: 'Bueno, ponle ésta de tu hermano Eduardo. Total, todos mis hijos son iguales'", cuenta.
Con un padre ya muy mayor, Celorio encontró en su hermano Miguel, un arquitecto culto y amante de la literatura, primer director del Museo Nacional del Virreinato, a su verdadera figura paterna.
"Me llevaba 22 años de edad, y cuando yo era muy niño, tendría 6 años tal vez, él me enseñaba a decir algunas palabras prestigiosas para que yo le respondiera de memoria lo que él me enseñaba ante la pregunta de '¿Cuánto me quieres?', y entonces yo respondía, de acuerdo a lo que él me había hecho memorizar: 'Te quiero hasta el último confín del universo, hasta la última estrella de la Vía Láctea'.
"Y, bueno, eran palabras que yo no entendía, no sabía lo que era 'confín', o lo que era 'Vía Láctea', por supuesto, pero como yo las decía de memoria, me di cuenta de que esas palabras prestigiosas me granjeaban cariño, me granjeaban singularidad, y creo que ahí empezó mi vocación literaria; mi vocación por la palabra", relata.
Esta vocación, que lo llevó a dar clases en diversas instituciones, y a ser elegido como miembro de la AML en 1995, también lo condujo a ser director de Literatura del INBA, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM y director del Fondo de Cultura Económica.
Su carrera como escritor comenzó como ensayista, con libros como El surrealismo y lo real-maravilloso americano(1976), Tiempo cautivo, La catedral de México (1982) y Los subrayados son míos (1987).
Al mismo tiempo, sin embargo, ya fraguaba el proyecto que se ha convertido en la celebrada saga literaria de su familia.
"Yo creo que, en buena medida, me dediqué precisamente a la literatura, y a la búsqueda de la identidad personal, a través de la literatura, que en buena medida es lo que define mi obra, precisamente por esta circunstancia familiar", detalla.
ILUSIONES Y DESENGAÑOS
Antes de que su mirada abarcara las andanzas de su familia a través de los años y los continentes, Celorio comenzó a publicar literatura con una mirada hacia sí mismo y hacia su generación.
Amor propio, lanzada cuando tenía 43 años, es una novela que retrata 15 años en la vida de un hombre, entre 1965 y 1980, desde la pubertad hasta la madurez, a través de los eventos que resultaron fundacionales para el autor y sus contemporáneos, con las fiestas como elementos clave para entender cada etapa.
"Quise dar cuenta en esta novela de los cambios que mi generación había sufrido, en el mejor sentido de la palabra, por el movimiento estudiantil del 68. La mía es una generación que se vio rota, precisamente, por la masacre del 2 de octubre, porque este espíritu gregario que teníamos en el movimiento estudiantil acabó por disolverse después de este acontecimiento tan brutal", reflexiona.
Después, Celorio construiría una suerte de alter ego futuro -que, por fortuna, no llegó a ocurrir- en la figura del catedrático Juan Manuel Barrientos, profesor de literatura que, abandonado por sus alumnos, emprende un viaje solitario a través de cantinas emblemáticas, cuya arquitectura conoce y ama, con la embriaguez y la memoria como única compañía.
Titulada Y retiemble en sus centros la tierra, la novela ha adquirido con los años una estatus de culto para los habituales de los lugares visitados por Barrientos, cuyo trastabillar borracho, para quienes logran descifrarlo, se asemeja al viacrucis de Jesucristo, en una celebración del Centro Histórico plena de maravilla y horror.
"Lo que me dio la pauta para estructurar la novela fue precisamente el viacrucis, porque el personaje es condenado a muerte; de alguna forma, tiene tres caídas conforme se va embriagando: el personaje se encuentra con su madre, se encuentra con las piadosas mujeres de Jerusalén, que en este caso es un burdel, y después es despojado de sus vestiduras y acaba crucificado en el asta bandera del Zócalo para ver después si resucitó o no resucitó; eso queda abierto en la novela", refiere.
Con el trayecto andado, el autor comenzó, entonces, con la publicación de su saga familiar, que arrancó con Tres lindas cubanas, título que, tomado de una canción popular de la isla, se refiere a su madre y a sus tías.
Este arranque daría el tono para una tríada de libros que, con soltura y elocuencia, van del relato biográfico al ensayo histórico y la crónica de los viajes que Celorio realizó a la Cuba de su familia materna, y a la España de la paterna, siempre con el género novelístico como declaración de intenciones.
"Creo que la novela es el género más dúctil de la literatura, en ella cabe todo. La novela puede auspiciar la crónica, el relato, el informe, el ensayo, el diálogo y hasta otras novelas; hay que pensar en el paradigma del Quijote de Cervantes", explica.
Con el tiempo, Celorio ha descifrado un tema común que atraviesa a todos sus personajes, a su familia, en toda la saga.
En la primera, el fervor de una de sus tías por la Revolución Cubana contrasta con la decepción de la otra, exiliada en Miami.
En el El metal y la escoria, quedan patentes las esperanzas de su abuelo al abandonar Asturias para "hacer la América", con un legado de prosperidad que termina hecho polvo, y también la convicción de uno de sus tíos por la causa republicana, pero después exiliado en México por la Guerra Civil Española.
Los apóstatas, sobre sus hermanos Miguel y Eduardo, trata sobre la decepción de ambos sobre sus carreras religiosas y sus dos destinos divergentes: uno enloquecido por estrafalarias creencias satánicas y el otro como un militante durante la Revolución Nicaragüense.
"La historia de la ilusión y el desengaño. Yo creo que eso está presente en todas mis novelas: hay una ilusión en la Revolución Cubana, hay una ilusión en hacer la América, hay una ilusión en la Revolución Nicaragüense, hay una ilusión en la vida religiosa y, finalmente, todo esto acaba en una terrible decepción; no sé si ésa sea el común denominador de las novelas que he escrito", aventura.
Concluida apenas en el 2020, esta historia que Celorio comenzó a pergeñar desde los años 70, refleja en sus páginas esa historia común del mundo, a través de una "familia ejemplar": la de la ilusión y el desengaño.
LOS LIBROS Y LA NOCHE
Nunca indispuesto para hablar de literatura, Celorio concede la entrevista en recuperación de una terapia de radiaciones, tras una cirugía en la que le fue extirpado un carcinoma de una cuerda vocal.
A media voz, pero de un ánimo espléndido, pues asegura que su tratamiento ha sido oportuno, no pierde el buen humor.
"Estoy en esta situación un poco irónica, de ser el director de la Academia de la Lengua y ser mudo", bromea.
Catedrático de literatura al fin, recuerda que al escritor Jorge Luis Borges lo nombraron director Biblioteca Nacional de Buenos Aires justamente cuando se había quedado ciego.
"Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche", declama, de memoria, la primera estrofa del Poema de los dones.
"Lo de Borges es permanente, lo mío es perentorio. Pero bueno, lo mío es perentorio, pero todos ya sabemos que Borges es inmortal", apunta.
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