Los Arviles, compromiso por arte y la promoción cultural

No sólo han sido amigos de artistas, han sido posibilitadores, parteaguas de su obra, punto de quiebre en la producción plástica y literaria

Cuando una persona está enraizada en un largo compromiso con el devenir histórico de la cultura de un país, no se va solo, ni se va del todo.

Ahora que visito a Armando en duelo, sé que no está solo y por sorpresa llegan a la plática además de Víctor, como siempre, muchos otros personajes, porque su casa es un gran contenedor: de su importantísima colección, de una memoria acumulada de historias de vidas, de grandes eventos, de imágenes colectivas y secretos entrañables en común.

Los Arviles no sólo han sido amigos de sus artistas, han sido posibilitadores, parteaguas de su obra, punto de quiebre en la producción de obra plástica y literaria de autores muy importantes.

Pondré algunos ejemplos: Enrique Guzmán, un pintor de culto para muchos artistas contemporáneos, no sólo fue elegido siendo muy joven para abrir con una individual el nuevo recinto de la galería en 1976, se le apoyó en todos sentidos: a saldar deudas, a comprar materiales, a tener un estudio, a producir con tranquilidad, con dignidad, valor fundamental para ellos.

Con Francisco Toledo, los Arviles entablaron una profunda amistad que empezó hojeando libros de arte, con la compra de una de sus acuarelas y el intercambio de retratos por libros que se convirtieron en una complicidad que no terminó nunca. En cuanto a su obra, fueron sus grandes gestores en el mundo, Toledo no tenía tiempo para ocuparse de eso, su compromiso se llamaba Oaxaca, así que ellos instrumentaron su participación en eventos como la Bienal de Venecia, así como en importantes exposiciones como la de la Whitechapel Art Gallery de Londres y la del Museo Reyna Sofía en Madrid, también le propusieron proyectos editoriales como el que se realizó por los 50 años del Fondo de Cultura Económica, inspirado en el bestiario del Manual de la zoología fantástica de Jorge Luis Borges, que se ha expuesto en más de 80 sedes nacionales e internacionales.

Francisco Toledo nunca trabajó como artista para la galería, él era libre y hacía sólo lo que le interesaba, dice Armando, sin embargo, muchos de sus grandes logros no pueden entenderse sin su amistad, sabía que tenía su apoyo, aún para proyectos que no tuvieran que ver directamente con su obra, tal es el caso del Pochote, iniciativa de cine que apoyaron con un premio que otorgaron a grandes y controvertidos maestros del cine nacional e internacional. Toledo se sabía acompañado por ellos en todas sus aventuras, plásticas o no, en vida y más allá de ella.

El trabajo con Carlos Mérida no se reduce a rescatarlo de una cajuelera como dice Armando, lo buscan no para venderlo, sino para conocer y difundir su labor, para hacerlo renacer, no sólo como artista, sino como persona, para darle nuevas herramientas, como fue la gráfica que empezó a experimentar gracias a ellos, para que siguiera creciendo, para hacerlo sentir parte de una institución, de un entorno que lo iba a cuidar aún después de su partida.

Saber que la obra de uno como artista está en manos de seres tan respetuosos y honestos es algo que no sólo permite trabajar con esperanza y alegría, es poder crear y crecer escapando de la soledad que casi siempre nos condena, ese acompañamiento es una epifanía en un medio tan voraz como el del mercado del arte. El ejemplo de los Arviles significa aliento para seguir ante cualquier dificultad. 

Me imagino lo maravilloso de esos jueves en que ellos repetían el ritual de visitar a Mérida en su taller para revisar su obra y archivo, para después ir a comer y dialogar en el restaurante La Pérgola, donde los esperaba la mesa 14 cada semana y donde el gran artista comprobaba que estaba en buenas manos y que podía tener la certeza de que no le iban a fallar, como no lo han hecho hasta ahora. 

Monsiváis también fue parte de su proyecto y fue invitado a dialogar con Toledo para el proyecto editorial Nuevo catecismo para indios remisos, con el que buscaban una sinergia entre dos grandes luchadores sociales que combatieron a lo largo de décadas causas comprometidas: ya sea el mundo real y cultural indígena o la causa de género —ambos son grandes leyendas de la historia y la cultura en el más amplio sentido del término en nuestro país—, creadores y activistas que quedaron unidos para siempre intelectual y amistosamente por éste proyecto realizado en 1981. 

Monsiváis participó con una serie de maravillosas fábulas que son un ejercicio literario único en su narrativa, casi siempre compuesta por crónicas. El Museo del Estanquillo es un proyecto en el que Los Arviles han participado incesantemente, ya que es parte importante del legado de Monsiváis y su coleccionismo urbano era parte esencial de su práctica como historiador, cronista e investigador. 

Con artistas comprometidos con sus contextos, el seguimiento de una galería es mucho más complejo que la compraventa de sus obras y los Arviles aceptaron ese tipo de compromisos a perpetuidad y con ellos forman parte de una maravillosa y atípica historia. Los Arviles emprendieron juntos un viaje que no ha terminado, que no tiene un domicilio fijo, que se desarrolla y está abierto aún ahora, a muchos destinos, acervos, publicaciones y proyectos que seguramente han quedado en el tintero y que los seguirán convocando a nuevas aventuras. 

Víctor aparece siempre en mis recuerdos —acompañado, compartiendo, sonriendo, rodeado de miradas, obras maravillosas, hermosas mesas— y sobre todo, sigue siendo parte de múltiples conversaciones ya que más que un individuo era parte de una noble institución, de una maravillosa pareja y de un increíble grupo de amigos, artistas e intelectuales. 

La dimensión humana de Arvil fue más allá de lo convencional, su proyecto de galería tenía un compromiso con México, que aún en el ámbito internacional es difícil de superar hasta ahora. Buscadores de lo único apoyaron a sus grandes artistas, dándoles sobre todo la certeza de que alguien veía por ellos y por su obra no sólo hasta el final de sus días, contraían un contrato de lealtad aún más allá, “más que un matrimonio”, decía Víctor. 

Víctor, como parte de esa institución que sigue en, y con Armando, es un ejemplo de vida que no termina ni empieza en el individuo mismo, ahora toca a sus artistas, amigos e instituciones allegadas, darle la certeza a Armando y al proyecto Arvil en su totalidad, de que su trabajo no tiene vuelta atrás y que funciona a la inversa, que somos muchos los testigos que velamos por un largo e importante trabajo que no puede olvidarse y que sigue en Armando y con todos sus amigos. 

Con más de 60 años de ser cómplices y socios y más de mil actividades, cómo podría Víctor pensar que se iba así nada más, imposible, hacía mucho que había dejado de ser sólo un individuo y estoy segura de que sabía, tal como Guzmán, Mérida, Toledo o Monsiváis, que estaba en buenas manos. 

Con los Arviles, con su afecto, sabiduría y honestidad hacia México y hacia todos los artistas con los que se involucraron, se construyeron caminos, relaciones profundas, largas historias que han trascendido el pasado y el presente, proyectos que no terminan como no ha terminado la labor de Víctor con su repentina partida. 

¡No Víctor! por suerte, conocemos tu huella, seguimos con ustedes, con Armando todo sigue su curso, que es el de una gran institución que son los Arviles y a la cual seguimos deseándole larga vida.

Por Betsabeé Romero.

Anterior Siguiente