Detalle noticias
Los cinco sentidos de la poesía
Con la poesía sucede que no hay medias tintas: la disfrutas o la rechazas. Y mucha culpa la tienen aquellos que suelen anestesiarnos con sus edulcoradas alucinaciones y mundos de oropel. Este libro nada tiene que ver con esos seudopoetas que, como lectores, terminaron por vacunarnos contra la mala poesía. Publicado por el Fondo de Cultura Económica, viene a ser un acierto más en la línea editorial en esta nueva etapa. Leer a Pura López Colomé (Ciudad de México, 1952) es un deleite para los sentidos y, precisamente, ésa es la poética de Borrosa imago mundi. Se trata de poemas inspirados en los sentidos: el oído (el águila que habla, la herida revisitada, una lluvia de manzanilla hirviendo, el de la voz); la vista (dioptrías de distancia, puntos de vista, teodolitos, pupilas, eclipses, cielos); el olfato (vapor, aire de los tiempos, azar y azahar, magnolias, hierbabuena, yerba santa, ajo macho, ajo hembra, machihembrado, anestesia); el gusto (mala leche, azafrán, hígado, menudencias, tripas, entrañas, más vísceras) y el tacto (el aleteo, canción para arrullar tocando niños muertos, toque). Es una poesía que les habla a los sentidos y, bajo ese tenor, opta por separarlos. Así se intensifican más sus búsquedas, inspiraciones. Son cinco caminos, territorios o continentes que a partir de la memoria contribuyen a conocer más sobre el cuerpo, es un tejido de aproximaciones con el mundo, con la naturaleza. Si tuviera que seleccionar uno de los cinco sentidos, la poeta optaría por el oído. La palabra vibra así como la música, y el canto de los pájaros. Ella es albina, su nombre no le gusta y sueña con que algún día lloverá manzanilla tibia. En el tacto, rememora que su madre en cierta ocasión saludó a Jorge Negrete y en tres días no se lavó la mano. O que Borges, en un encuentro de poetas, con las dos manos estrechó la mano de Seamus Heaney y eso bastó para que lo reconociera como un poeta irlandés. Hay dos maneras de adentrarse en esas exploraciones: por medio de los poemas de López Colomé o a partir de una serie de diálogos que establece ella con poemas de otros autores. Estos coloquios se presentan a través de ecos y reverberaciones (así lo nombra la autora). Para poder engarzar esos sonidos e imágenes, recurre a su experiencia como atenta lectora de poesía y como destacada traductora de poetas como el mismo Seamus Heaney, William Carlos Williams, Robert Hass y Breyten Breytenbach, entre otros. Representa la experiencia de López Colomé, sus habilidades para poder realizar esos reflejos con distintos poetas. Si el eco se tiene lugar cuando el sonido rebota de manera idéntica al que se produjo, la reverberación es la posibilidad de reproducir el mismo sonido y rebotar en otra superficie; de ella puede resultar un sonido que se ha deformado. ¿Quiénes son los poetas que Pura convoca (e invoca) en esta serie de reverberaciones? Manuel Ponce, Wallace Stevens, Max Ritvo, Jorge Aguilar Mora, Motonori Hoshi, Ilya Kaminsky, Olvido García Valdés, Raúl Zurita, Rosario Loperena, Alastair Reid, Elsa Cross, José Emilio Pacheco, Juan Carvajal, Ana Ajmátova, Tomaz Salamun, Vladimir Holan, Ingrid Valencia, Christian Peña, William Wordsworth, Luiza Neto Jorge, Daniel Faria, Rosemary Dobson, T.S. Eliot, Roxana Crisólogo, Eamon Grennan, Czeslaw Milosz, Arthur Sze, Stanley Kunitz y Adrienne Rich. Acompaña el insomnio de Elsa Cross, mientras hace un paseo por las vecindades viejas y vestigios citadinos del brazo de José Emilio Pacheco. En la parte dedicada al eco/reverberación, señala: “José Emilio Pacheco truena los dedos lingüísticos con la destreza de un mago, y revive los olores encerrados en toda una realidad mexicana. Las diferencias de clase social de su época siguen vigentes hoy en lo que retrata, constatando que la gente se aferra a lo que siente suyo”. En este poemario, a diferencia de otros, en ningún momento se intenta sorprender al lector o confundirlo. Aquí queda muy claro de dónde provienen las voces con quienes conversa la poeta, no son apropiaciones ni homenajes. El río fluye de manera prodigiosa. Tras estas alianzas poéticas, se incluye un epílogo que se titula “Memoria sin sentido(s)”. Aquí la poeta establece una relación con todo lo que tiene que ver con su historia personal y la memoria, ese cúmulo de información que engarza y coloca de manera sutil, abierta y dosificada. La esencia de la poeta queda acentuada en esa conversación interminable que ella eligió sostener con Seamus Heaney y en tantas otras reverberaciones. Es uno de los libros más sólidos de la poeta porque no sólo muestra su voz sino que cede espacio a otros que, como ella, hurgan entre objetos y elementos de la naturaleza para lograr que el tiempo no termine por deteriorar todo, incluso la memoria. La reflexión de Antonio López Ortega sobre Guillermo Sucre acaso logra condensar este importante trabajo que ha hecho Pura López Colomé a lo largo de varias décadas: “Aquí están sus escamas del tiempo, aquí están sus mejores palabras, aquí está el papel que se escribe con caligrafía oscura para hallar la transparencia”.