Twitter no es un bien público

Esta columna fue escrita en coautoría con Clara Isabel Gómez1. 

Entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, una época donde la generalidad eran los sistemas absolutistas, desde los recién creados Estados Unidos surge la propuesta de que el nuevo Estado protegerá los derechos de libertad, de culto y la libertad de expresión. Esta proposición se configuró como una base sólida de los Estados modernos, lo que la convierte en el inicio de un paradigma de un sistema de gobierno del que nadie hablaba y que había sido puesto a prueba dos mil años antes en una ciudad Estado del Mediterráneo. 

Con el tiempo la libertad de expresión se fue sofisticando hasta convertirse en una propiedad fundamental para demarcar las democracias en el siglo XXI, así lo afirma el Instituto Independiente de Investigación sobre Democracia Varieties of Democracy (V-Dem). De acuerdo con Copedge y otros, el valor central de una democracia deliberativa es el debate razonado y los argumentos racionales y sus instituciones son los medios de comunicación, las audiencias, paneles, y otros órganos deliberativos y consultivos.

Una institución naciente de comunicación se encuentra en el espacio común del internet, y dentro de este, las redes sociales redujeron las distancias para que muchos usuarios estuvieran en contacto entre sí, y el acceso y difusión de la información se democratizó rápidamente, disminuyendo el poder del monopolio antes liderado por los medios de comunicación tradicionales y los gobiernos. De acuerdo con Dalton, en el año 2008, la campaña de Barack Obama fue innovadora en el uso del internet y las incipientes redes sociales, y 13 años después cualquier político debe contemplar dentro de sus estrategias su representación en los sitios más visitados. Entender esto fue una de las claves de Donald Trump, quien no solo usó Twitter como bastión de su campaña y periodo presidencial, sino que lo convirtió en el escenario donde llevó al límite su libertad de expresión.

Ante esta situación, la pregunta ineludible es: ¿la decisión de Twitter de cerrar su cuenta viola su libertad de expresión?

Después de casi una semana de la desaparición del presidente en Twitter son múltiples las respuestas que se han dado a esa pregunta. Una arista cada vez más importante es la comprensión de la Internet y las redes sociales como espacios o bienes públicos, cuya regulación es difusa y capaz de generar efectos indeseados fácilmente. Entender la virtualidad como bien público o algo diferente puede dar pistas sobre los límites de cada usuario y la capacidad de exclusión que tienen las empresas que, junto con los gobiernos, tienen hoy un gran poder en la gobernanza del Internet.  

Los postulados de Elinor Ostrom sobre los diferentes tipos de bienes son una de las posibles formas de caracterizar los bienes de uso común, dentro de ellos Internet y las redes sociales. Para definir las clases de bienes que existen, Ostrom escogió dos factores: la dificultad de excluir potenciales usuarios, lo cual está vinculado a sus características y tecnologías de uso relacionadas; y el nivel de sustracción que se pueda hacer del bien, que se refiere al impacto que genere el uso del bien por parte de un individuo que rivalice con la posibilidad de que alguien más también lo use.  

Por ejemplo, los bienes públicos se caracterizan porque es difícil excluir a potenciales usuarios y el uso que le dé una persona a este bien no rivaliza con la posibilidad de que otras personas también lo usen. Hay muchos factores que impiden el acceso a la red, como la precariedad en la infraestructura o la existencia de regímenes autoritarios, pero en regiones donde se cumplan algunas condiciones como el respeto a la libertad de expresión  y el acceso a buena conexión y disponibilidad de dispositivos, se podría hablar de que Internet es un bien público. Por el contrario, Twitter se podría catalogar como un bien de club. Estos bienes se definen como aquellos donde existe alta capacidad de exclusión, en este caso por parte de la empresa Twitter, y bajo riesgo de rivalidad a la empresa. Para ser “miembros” de este club hace falta cumplir con algunas condiciones, cuyo incumplimiento puede ser denunciado por otros usuarios o descubierto por la empresa.  

En esta red la competencia es alta entre usuarios, pues es el escenario perfecto para discutir, disentir y mostrar inconformismo, pero se puede llegar a la exclusión por parte de la empresa. Por lo tanto hay que tener siempre en mente que la capacidad de exclusión está dada por su estructura: Twitter es una empresa privada con el poder de acoger o vetar usuarios de acuerdo con lo dictado por sus términos y condiciones.  

Cuando es difícil excluir del uso de un bien a aquellos que no aportan, se da un espacio para que algunas personas se aprovechen del uso del recurso sin asumir ninguna carga e, incluso, en detrimento del mismo. Aquí subyace un punto fundamental en el debate de Trump, Twitter y la Internet: es prácticamente imposible que el presidente de Estados Unidos sea excluido de Internet por las características que tiene como un bien público, por lo cual no se ve disuadido de cambiar sus discursos o no se ve coartada su libertad de expresión. Sin embargo, si bien Twitter tampoco puede disuadirlo del todo, sí ha asestado un duro golpe a su capacidad de difusión gracias a que la red cuenta con capacidad de veto.  

Una pregunta inevitable si asumimos que Trump actúa como un oportunista es: ¿de quién se está aprovechando y para qué? Y una posible respuesta es que se aprovecha del paradigma de la libertad de expresión y de quienes lo defienden (como periodistas, activistas, instituciones gubernamentales, entre otros) para continuar difundiendo sus llamados a la violencia, con un discurso incendiario que terminó con actos vandálicos en espacios físicos como el Congreso de los Estados Unidos convirtiéndose en un acto real de violencia política, en la cual su actuación en esa red social fue fundamental, golpeando de esta forma la propiedad deliberativa de la democracia. 

Bibliografía

Coppedge et al. 2019. «The Methodology of “Varieties of Democracy”(V-Dem)». Bulletin of Sociological Methodology/Bulletin de Méthodologie Sociologique 143(1): 107–133.

Dalton , R. (2011). Engaging youth in politics. Nueva York: IDEBATE Press.

Ostrom, E. (2015). Comprender la diversidad institucional. (M. Moro Vallina, Trad.) México D.F: Fondo de Cultura Económica; Universidad Autónoma Metropolitana.

1 Clara Isabel Gómez, Gestora Urbana de la Universidad del Rosario y estudiante de la Maestría en Estudios Interdisciplinarios sobre Desarrollo del Cider de la Universidad de los Andes, ha sido asistente graduada de docencia en el Cider - Uniandes y joven investigadora de la Universidad del Rosario. @claragomez6

 

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