Detalle noticias
2024, retiro fingido
“En 2024 me jubilo por completo”, dijo Andrés Manuel López Obrador en su cotidiana mañanera hace algunos días, lo que repitió el pasado jueves al anunciar que se dedicará a escribir. Remató, acorde a su didáctica, que “debe haber un relevo generacional”. Analizando las cosas aparecen algunos elementos que permiten establecer que la especie es, al menos, una promesa que no cumplirá.
El poder público no solamente es un recurso que tiene distintas posibilidades; la realidad es que también intoxica a quien lo tiene y esto llega a un límite en el que el dinero vale muy poco porque lo que interesa es la posibilidad de influir sobre millones de personas y sus decisiones.
Influir, persuadir, cautivar, son roles de la política, de la misma manera que intimidar, engañar y estimular son algo más que meros verbos. Son la representación de la realidad que vive un ex mandatario aun cargado con la adrenalina de su gestión y obligado a vivir bajo la penumbra de los acuerdos que se deben cumplir.
En el caso de López Obrador, sus males del corazón le obligarán a disminuir su ritmo, pero no demasiado. Tendrá tiempo y posibilidad de seguir tirando línea desde su muy particular mirada de México y el mundo.
Todo lo anterior en el entendido de que se pretendan establecer mínimos de negociación entre el ungido y el que unge, suponiendo que el primero no termine por ser un florero en Palacio Nacional que garantice la sumisión como medio de interlocución y a la ausencia de ideas como disparador de políticas públicas.
En política nadie se muere del todo
Fidel Velázquez decía que en la política a veces se tiene un boleto chico y a veces uno grande, pero el chiste consistía en tener siempre un boleto en la mano, porque en cualquier momento podía cambiarse por una mejor posición. Y conseguir otro boleto.
El prototipo del líder monoteísta del sindicalismo en México sabía de lo que hablaba; algunas veces podría alcanzarse una cartera federal y otras un cargo municipal, pero la gracia era tener siempre una posición y aferrarse a ella con tozudez.
En ese sentido, los ex presidentes acuden a una argucia: Si no tienen un boleto lo inventan. Luis Echeverría fundó su organización para estudiar al “Tercer Mundo”; Miguel de la Madrid apareció como director del Fondo de Cultura Económica; Ernesto Zedillo se hizo investigador universitario de altos vuelos y Vicente Fox inventó una fundación.
El boleto auto inventado por un ex presidente tiene la ventaja de no deberle el favor a nadie; su instituto o fundación puede autofinanciarse y le da visibilidad para opinar cuando lo considere pertinente.
López Obrador puede inventar su propio boleto y, con ello, disponer de una caja de resonancia que embote al ocupante de Palacio Nacional. Si eso funciona a la perfección en Paseo de la Reforma, ¿por qué no intentarlo en la Plaza de la Constitución?
La ruptura de las leyes no escritas
Por décadas, quien había sido Presidente de la República tenía claras ciertas actividades cruciales que debía realizar pulcramente, sin gestos. Entre ellas sobresalía elegir a su sucesor, quien debía aplicarse a fondo para cumplir con dos propósitos. El primero era respetar a quien lo ungió. El segundo era garantizar los negocios ocultos. Estas dos acciones preservaban los privilegios del mandatario saliente.
Por su parte, el presidente que dejaba el poder se movía bajo dos reglas. La primera era jamás complotar contra su sucesor, al tiempo que la segunda era fungir como un consejero oficioso, al que en ocasiones extraordinarias podía pedírsele su opinión desde la Presidencia.
Esta segunda regla es extraordinariamente común en Estados Unidos. Los ex mandatarios republicanos y demócratas siempre están cerca de la oficina principal de la Casa Blanca y nadie ve como un signo de debilidad que un presidente en funciones le pida, discretamente, su opinión a uno de sus predecesores sobre tal o cual tema.
Inclusive, un mandatario puede pedirle a un ex presidente que actúe como negociador silencioso ante un gobierno o un personaje clave que requiere de una cuña especial para ser tratado.
En México, la prensa en general criticaría que un ex mandatario asesore al presidente en funciones. Con todo, durante el priato, esa posibilidad se mantuvo y se empleó, aunque bajo un notorio hermetismo.
López Obrador tiene todas las posibilidades de ser escuchado por su sucesor y terminar por ser quien tome las decisiones bajo el nubloso cargo de su asesoría.
El ‘embajador’ del ex presidente
Todos los ex presidentes de México han tenido un representante en el gobierno que le sucede. Ese personaje no solamente representa una cuota de poder que se respeta a rajatabla; también funciona como medio de comunicación entre aquel que gobernó al país y el que lo hace en la actualidad.
Sin esa clase de “embajadores”, la comunicación entre dos poderes puede trastocarse severamente y se dan toda clase de problemas, sobresaliendo la falta de consenso para tomar decisiones relevantes.
Los “embajadores” siempre tienen la tentación de terminar sirviendo al poder presidencial frente al que están acreditados, por lo que van perdiendo poco a poco su lealtad a quien los colocó en esa posición relevante.
El caso, por antonomasia, de esta clase de transiciones de lealtad es el de Esteban Moctezuma, quien pasó del priato del zedillismo a la consonancia robótica con Ricardo Salinas Pliego, y ahora mutó en un lopezobradorismo que sigue haciendo arquear las cejas de algunos.
Resumiendo, el ex presidente López Obrador podrá darle los mensajes apropiados a su “embajador” y éste, limpiamente, entregarlos en Palacio Nacional.
Es obvio de tan burdo y sobran potenciales “embajadores” para 2024.
La vivienda del exilio
El desfile de aquellos que quieren resolver un entuerto o construir un negocio ha ido cambiando de domicilio conforme el paso del tiempo y las reglas no han variado con los presidentes, por más que se diga que ya no hay corrupción. Con Miguel de la Madrid se recomendaba pasar, previamente, a San Jerónimo Lídice o a las Lomas de Chapultepec.
Con Carlos Salinas de Gortari podía pedirse parecer en Coyoacán. En los años de Ernesto Zedillo, otra casona en Coyoacán era el lugar apropiado para agilizar las cosas. Con Vicente Fox, los domicilios ya no estaban en la Ciudad de México, sino en León y Querétaro.
A la llegada de Calderón, los interesados en ser atendidos se presentaban en Querétaro y por los rumbos de Polanco. Cuando arribó Enrique Peña Nieto, en tropel se acudía a una casona de Coyoacán, sabiendo que serían atendidos, porque las oficinas de Cracovia ya habían perdido, notoriamente, su influencia.
En la actualidad, los domicilios han variado, pero no las prácticas. Para que las cosas caminen hay que peregrinar de Polanco a Chimalistac, y de Tuxtla Gutiérrez a La Vista, en Puebla. Los menos poderosos tienen que ir a poner cara de bienaventuranza a unas oficinas que están en Palmas o, peor aún, los timan en Villahermosa y los regresan a Palmas.
Los ex presidentes funcionan como gestores en temas complicados, y esto es natural porque entienden a la perfección el engranaje del poder. Pueden sugerir tal o cual acción, y si están muy interesados en un tema pedir a un propio a que acuda con el peticionario para intervenir en lo que puede terminar con un feliz desenlace.
Así ocurrirá con López Obrador. Da igual si se sumerge en las inmediaciones de Copilco, la fingida austeridad de Palenque o la plenitud imposible de Tuxtla Gutiérrez.
Una legión de personajes le pedirá consejos que no son tales, sino gestorías que se cobran en forma de mil favores distintos.
En otros países, los ex mandatarios abren una firma que se dedica, abiertamente, a cabildear: En México, hipocresía de por medio, no hay cabida para hacer en público lo que se genera en privado. Aflojar los goznes del poder desde el poder mismo es tan natural “como se evapora el agua tocada por el sol”, apuntaría Julio Scherer García.
‘Relevo generacional’
Si se lee literal, la expresión señala que las ideas tabasqueñas seguirán en el poder presidencial, aunque con un envase distinto. El término “generacional” es plurívoco, porque lo mismo puede referirse a alguien con 60, 50, 40 o 30 años de edad.
Ha sido regla primerísima en la política mexicana que no se impulse como candidatos presidenciales a los hijos de los mandatarios. Los disparates hicieron acto de presencia con Marta Sahagún y Margarita Zavala, quienes, una y otra vez, intentaron llegar a la silla que alguna vez ostentaron sus parejas con los resultados ya conocidos. Y con esa intentona también se consolidó la hipótesis de intentar un Maximato mal disfrazado.
Así, lo de “generacional” puede entenderse de distintas formas: ¿Marcelo Ebrard es una generación distinta? ¿Claudia Sheinbaum es la cuña de la dinastía? ¿José Ramón López Beltrán es un relevo? ¿Ricardo Monreal es fresco e innovador? ¿Cómo interpretar esos significados tan ambiguos?
En el entendido de que Morena es un gigante con pies de cartulina que desaparecerá cuando López Obrador invente un nuevo parapeto para sus proyectos, la sucesión generacional tiene un matiz adicional: El fanático de hoy será el pragmático del mañana.
Por el momento, todos los personajes mencionados líneas arriba son furibundos seguidores de ese conocido como “4T”. Mañana, si el presidente López Obrador inventa otro partido, tales individuos espetarán toda clase de maledicencias a Morena y le encontrarán un tumulto de cualidades al “nuevo proyecto”.
Hasta el momento, la gestión de López Obrador está aplicándose a fondo para socavar a la política y a la supervisión del poder. Si ese es el legado, el relevo será una oficialía de partes en el primer cuadro de la Ciudad de México. Se consolidaría el absurdo como herencia a una Nación que recibe ocurrencias y no resultados.
A menos, claro, que, justamente, ese sea el propósito, tener el control del reloj de agua en Palenque y la verborrea en Palacio. El tiempo dirá.